Braudel y el narcotráfico

Un decomiso puede durar unas horas. Las rutas que llevaron la cocaína hasta allí, décadas. Algunas de las estructuras que hicieron posible su viaje, siglos. Un recorrido por las profundidades del narcotráfico de la mano de Fernand Braudel.

Antes de sentir el calor del sol y terminar rodeada de personas con camperas livianas de color azul, letras amarillas en la espalda y anteojos de sol, la cocaína comenzó un viaje que, como el que emprendieron el señor Fogg y Passepartout un siglo y medio antes, atravesó océanos, puertos y fronteras.
El barco que lleva el contenedor con la cocaína camuflada entre frutas, verduras, muebles, repuestos de autos o diluida en aceites recorre los 9.000 kilómetros que separan el puerto de Buenaventura en Colombia y el puerto de Dakar en Senegal en aproximadamente quince días. Cuando llega a Dakar, el contenedor en el que viaja la cocaína queda estacionado cuarenta y ocho horas dentro del mismo barco, mientras las autoridades aduaneras revisan parte de los demás contenedores y controlan la documentación de la carga. Le cargan combustible, cambian parte de la tripulación y el barco parte hacia Huelva, en el extremo suroeste de España.
El rascacielos flotante tarda tres días en llegar a la Península Ibérica si bordea la costa de Mauritania y Marruecos. Si se aleja de la costa africana y enfila hacia las Azores tarda un poco más. La cocaína podría descargarse en Huelva, pero en este caso, el puerto español es solo una parte del itinerario, una escala necesaria para las otras mercaderías que completan la carga del barco y que fueron controladas en Senegal.
Mientras se descargan las mercancías, el contenedor identificado como un código alfanumérico extensísimo se mantiene estacionado en el mismo barco en el que salió del puerto de Buenaventura en el océano Pacífico. Sin llamar la atención, sin poder hacer nada para pasar desapercibida, la cocaína sigue en el mismo contenedor de color rojo opaco, con letras blancas y grandes a sus costados.
Si está camuflada entre toneladas de frutas o verduras, el contenedor está refrigerado y el tiempo disponible para inspeccionarlo es limitado. La mercadería perecedera —como los alimentos—, si pasa mucho tiempo bajo inspección, puede pudrirse y, si eso ocurre, alguien pierde su inversión y otros pierden sus trabajos. Ese poco tiempo disponible para el control es uno de los motivos por los cuales los narcotraficantes eligen las frutas y verduras como pantalla para sus cargamentos. El otro motivo es que las exportaciones primarias tienen un peso importante en las economías de los países desde donde se exporta cocaína.
Con el continente europeo a estribor durante otros cuatro días, el barco finalmente llega al puerto de destino, el de Rotterdam, en los Países Bajos. La cocaína tenía como destino las narices de millones de consumidores en todo el continente, pero un dato obtenido por las autoridades de algún país permitió que, en un determinado momento del periplo marítimo, las autoridades neerlandesas comenzaran a vigilar el trajín del contenedor cargado con cocaína.
Cuando abren el contenedor y sacan la mercadería legal que camufla la droga, los encargados de la investigación se fotografían mirando el cargamento de cocaína como si estuvieran frente a una obra de arte demasiado abstracta. Esas fotografías ilustrarán los diarios de papel al otro día y los digitales tres o cuatro horas después y, en definitiva, integrarán un inconmensurable archivo.
Pero la cocaína decomisada en Rotterdam, que salió del puerto de Buenaventura, que cruzó el canal de Panamá, el océano Atlántico, que pasó por el puerto de Dakar en Senegal y el de Huelva en España, es apenas un acontecimiento dentro de un proceso mucho más extenso y complejo, que puede remontarse hasta la partida de Cristóbal Colón del puerto de Palos en 1492 —e incluso mucho antes— y llegar hasta la aparición del Bitcoin en 2008 y el presente.
El narcotráfico en los Annales
Con su artículo La historia y las ciencias sociales: la larga duración, publicado en 1958, Fernand Braudel provocó una revolución en la historiografía moderna. El francés propuso distinguir diferentes temporalidades históricas y cuestionó la primacía del acontecimiento.
El tiempo corto es el de los acontecimientos, aquellos que pueden durar horas, días y quizás semanas. Pueden ser una manifestación, una batalla o una elección. Braudel compara el tiempo corto con las olas del mar: son llamativas, hacen ruido y se rompen rápidamente, pero por sí solas no explican cómo funciona el océano. El tiempo medio abarca años, décadas e incluso medio siglo. Se enfoca en los movimientos sociales, las tendencias demográficas y los ciclos económicos. Braudel lo compara con las mareas, movimientos regulares del océano que se vuelven visibles en la costa.
La larga duración es el tiempo de las estructuras que cambian lentamente: las relaciones con la naturaleza, la geografía, las formas de organización económica y las mentalidades. El tiempo de la larga duración se mide en siglos, incluso en milenios, y Braudel lo identifica con las profundidades del océano: oscuras, de transformaciones lentas y poco perceptibles a pesar de los grandes movimientos de la superficie.
Nueve años antes de aquel artículo, Braudel había publicado la que quizás es su obra más reconocida, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Organizada en tres grandes partes que respondían a diferentes velocidades de la historia, en la primera de ellas estudió el espacio mediterráneo: sus montañas, costas, islas y rutas, que durante siglos condicionaron la vida de quienes lo habitaban. Después analizó las economías, las relaciones comerciales, las sociedades y los movimientos que se transformaban a un ritmo más rápido. Por último, observó los acontecimientos políticos, las guerras y las decisiones de los gobernantes.
El mar, los puertos, los capitanes y los marineros dejaron de ser simples escenarios y pasaron a formar parte de la explicación de una historia extensa y compleja, que producía permanentemente nuevos acontecimientos. Las tres temporalidades braudelianas no describen historias diferentes, sino distintas dimensiones de un mismo proceso. Permiten analizar un mismo fenómeno desde diferentes escalas y observar aquello que el acontecimiento, por sí solo, no puede explicar. Las temporalidades se transforman en una caricia burlona al sentido común y en una herramienta para quien quiera disponer de ellas.
El decomiso de cocaína en Rotterdam pertenece al tiempo corto. La investigación puede haber durado meses y la noticia replicarse durante varios días, pero la apertura del contenedor, el hallazgo de la cocaína y las fotografías que lo registran pertenecen al tiempo del acontecimiento. Para entender cómo y por qué llegó la cocaína dentro del contenedor de color rojo opaco, con letras blancas y grandes a sus costados, desde el puerto de Buenaventura hasta Rotterdam, es necesario cambiar de escala.
El barco que salió de Buenaventura evitó tener que circundar el continente o trasladar los contenedores por tierra de un océano a otro porque, entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, primero Francia y después Estados Unidos impulsaron la construcción del canal de Panamá para conectar el Atlántico y el Pacífico y reducir las distancias, los tiempos y los costos del comercio marítimo.
Dakar tampoco es una elección azarosa. Su posición sobre las rutas atlánticas y su función como puerta marítima para las economías de África occidental sin acceso directo al mar lo convirtieron en un importante nodo logístico regional. Desde 2008, las inversiones realizadas por la empresa dubaití DP World modernizaron la terminal y multiplicaron su capacidad de movimiento. El crecimiento del comercio legal produjo aquello que el narcotráfico particularmente necesita: enormes flujos de mercancías dentro de los cuales intentar pasar inadvertido.
Los puertos de Huelva y Rotterdam están integrados a la Red Transeuropea de Transporte, un sistema de puertos, autopistas, ferrocarriles y vías navegables construido para facilitar y acelerar la circulación de mercancías y personas por una gran parte de Europa. En este caso, más de la mitad de la cocaína escondida en el contenedor de color rojo opaco, con letras blancas y grandes a sus costados, tenía como destino el mercado de Londres.
Una vez en The Big Smoke, una parte de la cocaína iba a ser distribuida entre los consumidores frecuentes de la City y alrededores, mientras que otra parte iba a ser transformada en crack de cocaína para distribuirlo mediante las denominadas county lines, utilizando redes de transporte público, teléfonos celulares para pactar las entregas y billeteras virtuales para realizar los pagos.
El narcotráfico no construyó el canal de Panamá, no dragó los accesos a los puertos, no pavimentó las autopistas ni inventó los teléfonos celulares. No necesitó hacerlo: aprendió a utilizarlos. Pero todas esas infraestructuras son demasiado recientes para explicar por completo la historia de la cocaína encontrada en Rotterdam. Para descender todavía más hay que abandonar los contenedores, los puertos modernos y los teléfonos celulares y retroceder al menos 3.000 años.
En las profundidades del narcotráfico
En muchas de las regiones andinas de Sudamérica se mastican las hojas de coca para mitigar los efectos de la altura. Antes de la conquista de América a finales del siglo XV, se utilizaban frecuentemente como ofrendas en rituales espirituales y participaban también de intercambios económicos. Con la conquista europea del Perú, sin embargo, la hoja de coca adquirió una nueva dimensión dentro de la economía colonial.
Compuesta por diferentes tipos de alcaloides, la hoja de coca redujo los síntomas de fatiga y adquirió una importancia considerable dentro del sistema de extracción de plata en el Cerro Rico de Potosí, en el actual Estado Plurinacional de Bolivia. Los conquistadores europeos habían impuesto un sistema coercitivo de trabajo —la mita— que obligaba a miles de indígenas a trabajar en condiciones extremadamente duras en las minas. En ese sistema, el coqueo —la acción de mascar coca— era fundamental para el rendimiento en las minas, pero fue considerado un acto de satanismo y, a instancias del Segundo Concilio de Lima del año 1567, el rey Felipe II lo intentó prohibir sin mucho éxito dos años después.
Sin embargo, los intentos por restringir el coqueo chocaron con la importancia económica que la coca había adquirido dentro del sistema colonial. Según lo expresado en Thesaurus Indicus, un voluminoso tratado escrito por el jurista jesuita español Diego de Avendaño en 1668, la venta a crédito de bienes a los trabajadores indígenas podía convertirse en un mecanismo para prolongar la permanencia en las minas. “Finalmente, vender algo a crédito a los indios que trabajan en las minas o en otros trabajos enojosos, con la intención de, al no poder pagar, obligarlos a continuar en el trabajo. Con toda seguridad dejarán la vida en éste, pues nunca llegarán a pagar por completo.”
Las extenuantes jornadas de trabajo aumentaban la demanda de coca, cuyo comercio quedó estrechamente vinculado a la economía minera. Al recibir míseros salarios y al ser obligados a comprar productos caros —como las hojas de coca—, los indígenas caían en deudas perpetuas con los empresarios. La falta de dinero para pagar los bienes los obligaba a trabajar cada vez más para pagar las deudas, configurándose un rudimentario —aunque sofisticado— círculo de explotación, extracción, consumo y endeudamiento que puede entenderse como una forma de servidumbre por deudas.
Durante siglos, sin embargo, la coca cargó con una limitación para convertirse en una mercancía verdaderamente global, ya que seguía siendo solo una hoja. Pero todo comenzó a cambiar cuando el alemán Albert Niemann logró realizar una primera extracción medible del principal alcaloide activo de la hoja de coca y lo llamó cocaína. La cocaína comenzó a utilizarse con fines médicos y a incorporarse a diferentes productos comestibles como chicles, vinos, cigarrillos y bebidas azucaradas.
La extracción del alcaloide no solo modificó las posibilidades de uso. La cocaína podía ser procesada, almacenada, dosificada, transportada e incorporada a otros productos de una manera diferente a la hoja de coca. La mercancía comenzaba a independizarse materialmente de la planta.
Paradójicamente, cuando en las primeras décadas del siglo XX la cocaína comenzó a ser sometida a crecientes restricciones y su producción y comercialización ilegal se trasladaron progresivamente a la clandestinidad, buena parte de las primeras etapas de transformación permanecieron cerca de los territorios donde se cultivaba la coca.
Más de un siglo después, buena parte de la producción de cocaína continúa cerca de las mismas regiones andinas donde se cultiva la planta de la que fue químicamente separada. La cocaína logró independizarse de la hoja, pero nunca terminó de independizarse de su geografía.
De nuevo en la superficie
La cocaína no nació como una mercancía ilegal. Durante las primeras décadas del siglo XX, diferentes regulaciones nacionales y acuerdos internacionales comenzaron a restringir progresivamente su producción, comercialización y consumo. Pero la sustancia siguió siendo la misma. Lo que cambiaron fueron las reglas que determinaban cómo podía producirse, transportarse, venderse y consumirse.
La prohibición no terminó con el mercado de la cocaína, pero transformó profundamente su funcionamiento. Una parte creciente de la producción y la circulación pasó a la clandestinidad y alrededor del mercado de la cocaína se multiplicaron los intermediarios, transportistas, vendedores, trabajadores de todo tipo y profesionales encargados de introducir las ganancias en la economía legal.
Para que llegara a Rotterdam, los narcotraficantes no tuvieron la necesidad de construir el canal de Panamá, dragar los accesos a los puertos, pavimentar las autopistas ni inventar los teléfonos celulares. Les alcanzó con aprender a utilizar cada uno de ellos. Tres mil años de historia terminaron comprimidos dentro de un contenedor de color rojo opaco, con letras blancas y grandes a sus costados.
Cuando abrieron el contenedor y sacaron la mercadería legal que camuflaba la droga, los encargados de la investigación se fotografiaron mirando el cargamento de cocaína como si estuvieran frente a una obra de arte demasiado abstracta. Esas fotografías, que hoy ilustran tanto los diarios de papel como los digitales, no solo se integraron a un inconmensurable archivo. También registraron otra cosa. La coca había vuelto a cambiar de manos.
Cuatro siglos después y a miles de kilómetros de Potosí, un joven sube a un tren que sale de Londres. Lleva crack de cocaína en su mochila. Es el mismo que consume cuando termina las entregas y por el que comenzó a endeudarse con el narco. El mismo narco que le llenó la mochila de crack y lo envía a repartirlo para cobrarse una deuda que parece no pagarse nunca.
La mercancía, el paisaje y los medios de transporte cambiaron. Incluso la coca cambió de manos. Pero las corrientes profundas siguieron moviéndose. Seguirlas será parte de otro viaje.
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