Por amor a su pueblo
- Lucas Manjon

- 20 mar 2025
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Actualizado: hace 2 días
En Casal di Principe, donde la Camorra imponía el silencio, Don Peppe Diana decidió enfrentarse a los clanes desde el púlpito, las aulas y la calle. Su asesinato, en 1994, no logró borrar lo que había puesto en marcha.

Don Peppe Diana se despertó muy temprano, como cada día. No era un hábito adquirido en el seminario, sino en su infancia campesina, ayudando a sus padres en el campo. La Iglesia de San Nicola de Bari en Casal di Principe estaba a su cargo desde hacía casi cinco años. Como en la mayoría de las iglesias del sur de Italia, las misas y ceremonias se repetían por lo menos dos veces al día, a primera hora de la mañana y por la tarde, ya más cerca de la noche. En algunas ocasiones, hasta tres misas por día.
Cerca de las seis de la mañana se dirigió hacia la sacristía. La mayoría de los presentes a esa hora eran mujeres mayores. Algunas con la espalda erguida, otras encorvadas, con brazos escuálidos o robustos, moldeados por décadas de trabajo. Todas llegaban y ocupaban el mismo lugar en el banco de madera. Se arrodillaban frente a la cruz, se persignaban y empezaban a rezar. Algunas agradecían una buena noticia reciente. Otras pedían una mejora en las condiciones económicas o en la salud maltrecha de algún familiar. Algunas incluso rezaban por el milagro de la absolución para algún pariente condenado por delitos vinculados a la mafia.
Un fotógrafo ya había llegado y se encontraba en la sacristía, el espacio reservado para el sacerdote, sus asistentes y los feligreses de mayor confianza. Como era amigo de Don Peppe, Augusto Di Meo tenía libre acceso a la sacristía. Antes de que Don Peppe y Augusto llegaran a la iglesia, en la plaza frente a ella ya estaba estacionado un auto con varias personas. Una de ellas bajó del auto a las 7:22 o 7:23 de la mañana. Tenía unos cuarenta años, el pelo largo y una campera negra.
A las 7:25, el hombre de cuarenta años, con pelo largo y campera negra, abrió la puerta de la sacristía mientras el sacerdote colocaba la estola sobre sus hombros para dar la misa. “¿Quién es Don Peppe?” preguntó, sin reparar siquiera en la vestimenta del sacerdote. Don Giuseppe Peppe Diana se dio la vuelta y contestó “Soy yo”. El visitante sacó una pistola semiautomática calibre 7.62 y disparó cuatro tiros a la cabeza del sacerdote. El diablo sonrió en la casa de Dios.
Crecer bajo la Camorra
Giuseppe Diana nació el 4 de julio de 1958 en la localidad de Casal di Principe, un pueblo con menos de quince mil habitantes. Su padre Gennaro y su madre Yolanda eran agricultores. En la adolescencia, mientras cursaba la escuela media a unos pocos kilómetros de su casa, su vocación comenzaba a definirse hacia Dios. Se acercó a los distintos espacios religiosos y sociales que en Casal di Principe acompañaban a la comunidad, rehén de la pobreza y la desprotección de un Estado consumido por la Camorra, la organización mafiosa de la región.
Cuando Don Peppe se preparaba para su tarea pastoral, el reclutamiento de jóvenes por parte de los clanes camorristas en guerra fue particularmente acelerado. La dedicación y el empeño por acompañar a los jóvenes lo llevaron a incorporarse formalmente a los scouts. Cuatro años de trabajo junto a los jóvenes mientras terminaba el seminario le dieron forma al carácter de Don Peppe. Se ordenó como sacerdote el 14 de marzo de 1982 y su vínculo con las organizaciones del territorio se volvió mucho más cercano. Junto a ellas generó actividades para los jóvenes; una estrategia para impedir —o por lo menos dificultar— el reclutamiento mafioso.
Desde su origen, la Camorra se nutrió de los más jóvenes, de los excluidos. De ellos, la Camorra succiona —y lo sigue haciendo— la sangre que necesita para seguir viviendo. Con ganancias criminales exorbitantes, es la organización mafiosa italiana que mayor cantidad de muertos tiene en su largo historial criminal.
Durante los años ochenta, “el clan de los casalesi” estuvo al mando de la empobrecida región. El fundador del grupo, Antonio Bardellino, concentró el poder y terminó generando malestar entre varios de los clanes. Subrepticiamente comenzaron a organizarse para desatar una guerra mafiosa que disputó su hegemonía. Los propios lugartenientes de Bardellino pergeñaron el plan para derrocarlo.
Aparentemente Bardellino fue asesinado en 1988 —su cuerpo nunca fue encontrado—, y Francesco Sandokan Schiavone llegó a la cúpula de la organización. Las nuevas alianzas criminales entre los clanes no impidieron una nueva ola de violencia. Con el objetivo de disciplinar y enviar un mensaje a sus enemigos —y sobre todo a sus aliados—, Sandokan ordenó incontables homicidios y desapariciones que colocaron a la región al tope de las zonas más peligrosas de toda Europa.
Donde el diablo gobierna
El 19 de septiembre de 1989, Don Peppe fue designado como párroco de la Iglesia San Nicola di Bari en Casal di Principe. Los primeros asientos de su iglesia siempre fueron para los más frágiles. Sobre todo para los “hermanos africanos” que eran explotados laboralmente en el campo, en el tratamiento ilegal de basura y en las diferentes industrias de la región.
Don Peppe también fue un hábil y ávido escritor. Siempre con papel y lápiz en mano, muchas de sus homilías se convirtieron en panfletos que luego se distribuyeron durante las misas o a la salida de la iglesia. Uno de esos panfletos se tituló “Basta ya a la dictadura armada de la Camorra”. Públicamente señaló a los camorristas y a los funcionarios vinculados a ella. Don Peppe entendía que el Evangelio además de reconfortar el alma, lo obligaba a denunciar el abuso criminal que sufría la comunidad; “el profeta debe actuar como un centinela: si ve la injusticia, denuncia y recuerda el plan original de Dios”.
En un pueblo donde el diablo se comportaba como su dueño, el llanto, el dolor y las palabras cargadas de amor de un sacerdote llegaron a los lugares más recónditos de Italia, pero sobre todo a Roma. La guerra de los casalesi siguió entregando el cuerpo de jóvenes como ofrenda. El 21 de junio de 1991, un joven testigo de Jehová, albañil, de veintitrés años —Ángelo Riccardo—, fue asesinado y se convirtió en una de las tantas víctimas inocentes de la Camorra. “No me importa quién es Dios. Me importa de qué lado está” fueron las palabras que Don Peppe pronunció en relación al crimen de Ángelo.
Aquel folleto sobre la dictadura camorrista provocó tal conmoción sobre la estructura política romana, y bien por conveniencia o por convicción, el 29 de septiembre de 1991, los municipios de Casal di Principe —gobernados por el primo de Sandokan Schiavone—, el de Mondragone y el de Casapesenna fueron disueltos por las autoridades nacionales al comprobarse la infiltración mafiosa.
“Por amor a mi pueblo, no callaré”
La misa de Navidad, la de la noche, es la más importante del año y toda la comunidad intenta asistir. En la misa de 1991, junto a otros párrocos de Casal di Principe y de la región, Don Peppe escribió una carta que se leyó en todas las iglesias. Con el título “Por amor a mi pueblo, no callaré”, las palabras en boca de cada uno de los sacerdotes fueron una manifestación amplificada y directa en contra de la Camorra y su sistema criminal.
La carta fue una descripción precisa de la Camorra y sus actividades criminales. “La Camorra es hoy una forma de terrorismo que infunde miedo, impone sus leyes e intenta convertirse en un componente endémico de la sociedad de la Campania”. La carta continuó con párrafos todavía más duros y precisos en los cuales se denunció la responsabilidad y la complicidad de sectores cada vez más grandes del Estado. “La ineficiencia de políticas de empleo, de salud, etc., solo pueden crear desconfianza en los habitantes de nuestros países. (...) La Camorra llena un vacío de poder en el Estado que en las administraciones periféricas se caracteriza por la corrupción, la dilación y el favoritismo”.
La carta leída por los sacerdotes se transformó en un hito en la lucha contra la mafia. La confusión se apoderó de la comunidad que no supo cómo reaccionar y mucho menos cómo lo haría la Camorra. La carta terminó con un llamamiento a todos los cristianos para que sostuvieran las denuncias y los reclamos frente a las injusticias: “Tal vez nuestras comunidades necesitarán nuevos modelos de comportamiento: ciertamente de realidad, de testimonios, de ejemplos, para ser creíbles”.
Donde no hay Estado hay Camorra
Los años noventa fueron de gran conmoción para Italia. En Caserta, Sandokan Schiavone había recuperado la libertad después de cumplir una breve condena por posesión ilegal de armas y tiroteo en un lugar público. En la calle, Schiavone le dio un nuevo impulso a las actividades criminales del clan y logró diversificar sus mecanismos de lavado de dinero en varios países de Europa, América Central y América del Sur. Mientras tanto, en Sicilia, la Cosa Nostra había comenzado una serie de ataques contra funcionarios del Estado —sobre todo magistrados—, periodistas y militantes políticos que se enfrentaron a ella. Entre todos esos asesinatos, los de mayor impacto y conmoción fueron el de Giovanni Falcone, su esposa y sus escoltas el 23 de mayo de 1992 y el de Paolo Borsellino y sus escoltas, tres meses más tarde.
Los ataques de la mafia siciliana provocaron que la cúpula de la Iglesia Católica emitiera un mensaje de condena. El Papa Juan Pablo II, en abril de 1993, durante una misión pastoral a la isla de Sicilia, saltándose los protocolos, hizo detener el vehículo en el que se trasladaba frente a la casa de los padres de Rosario Livatino, el juez antimafia asesinado tres años antes. Los padres le mostraron al Papa los cuadernos personales de su hijo. Juan Pablo II, en uno de ellos leyó “No nos preguntarán si hemos sido creyentes, sino creíbles”.
“Donde no hay Estado hay Camorra” era otra frase que frecuentemente se podía leer en el diario del juez Rosario Livatino y Don Peppe las hizo suyas para esparcirlas por toda Campania. “Donde el Estado está ausente, la Camorra florece. Donde faltan reglas, donde no exista la ley se imponen la no ley y la opresión. Necesitamos llegar a la raíz de la Camorra para sanar la raíz podrida”.
Estas y otras frases formaron parte de una entrevista que Don Peppe realizó en el año 1992 y en la cual explicó su idea sobre instituciones como la Iglesia y el Estado. “Debemos dar más testimonio de una Iglesia al servicio de los pobres, de los más desfavorecidos, donde reina la pobreza, la marginación, el paro y la miseria, es fácil que nazca y se desarrolle la mala planta de la Camorra”. Respecto al rol del Estado en la lucha contra la mafia declaró: “A los políticos viejos y nuevos les decimos: no improvisen más, no es posible gobernar sin programas, sin una verdadera escuela política”.
La Cosa Nostra primero y la Camorra después, frente a las denuncias de la Iglesia, se decidieron por atacarla de manera directa. El 27 de julio de 1993, dos meses después de la visita de Juan Pablo II a Sicilia, dos bombas estallaron en Roma y destruyeron parte de la Iglesia de San Giorgio al Velabro y de la Basílica de San Juan de Letrán. Esos primeros atentados fueron parte de la estrategia de presión que la mafia siciliana ejerció contra el Estado, pero también fueron un mensaje claro para los miembros de la Iglesia. Cuatro meses después de las bombas en Roma, la Cosa Nostra volvió a atacar. El 15 de septiembre de 1993, el día de su cumpleaños, Don Pino Puglisi, párroco en el barrio de Brancaccio de la ciudad de Palermo fue asesinado en la propia iglesia por un sicario.
A las 7:25
Los años noventa fueron tiempos de grandes cambios para la sociedad italiana y también para la Camorra. La crisis política y económica que comenzó como consecuencia de una investigación judicial —Mani Pulite o Manos Limpias— puso en riesgo de muerte al sistema político italiano y le abrió el paso a empresarios con fortunas de dudosa procedencia. A comienzos del año 1994, uno de ellos se transformó por primera vez en presidente del Consejo de Ministros de Italia.
La convulsión dio lugar a camorristas que años antes habían sido atacados por Sandokan Schiavone, para vengarse y desestabilizar el orden criminal establecido. Nunzio De Falco, hermano de un mafioso asesinado por Schiavone, consideró que asesinando a un cura que ofendía a la Camorra, los demás sacerdotes volverían al silencio que durante años los dominó. Pero también esperaba que las autoridades acusaran a Sandokan Schiavone por el crimen.
Giuseppe Quadrano, un miembro de la Camorra, el 20 de marzo de 1994, abrió la puerta de la sacristía mientras Don Peppe se colocaba la estola sobre sus hombros para dar la misa. “¿Quién es Don Peppe?” preguntó. Cuando Don Peppe contestó “Soy yo”, Quadrano sacó la pistola semiautomática calibre 7.62 y le disparó cuatro tiros a la cabeza.
La batalla por la memoria
Después de la confusión y el miedo que lo paralizaron, Augusto Di Meo salió corriendo de la sacristía, atravesó la Iglesia —donde ya nadie rezaba— y fue hasta un puesto de Carabinieri. La presencia del testigo permitió la identificación del sicario Giuseppe Quadrano, aliado al clan De Falco.
Las horas y los días posteriores al crimen fueron de una enorme conmoción. Pero la Camorra —como las otras mafias en el mundo— siempre contó con la complicidad de ciertos sectores de la prensa. A través del diario Corriere di Caserta, los camorristas comenzaron una campaña de difamación. El barro sobre el que Don Peppe caminó para rescatar a los jóvenes de la Camorra lo arrojaron sobre su memoria.
En las páginas del diario se publicó que Don Peppe quizás fue asesinado por un marido que había descubierto que el sacerdote era el amante de su esposa, que integraba una red de pederastas o se había asociado a la Camorra. Llegaron a publicar que en la Iglesia Don Peppe escondía las armas que la mafia utilizaba para su guerra.
Giuseppe Quadrano fue finalmente detenido el 21 de marzo de 1995 —un año y un día después del crimen— en la ciudad de Valencia, en España. El instigador del asesinato —Nunzio De Falco— recién fue detenido en 1997, también en España, un refugio y centro de operaciones de muchos clanes huidos de la guerra o la justicia italiana.
La memoria de Don Peppe no se perdió, al contrario, se multiplicó y se esparció por toda la región. Con la ayuda de la asociación antimafia Libera, en tierras confiscadas a los clanes de Caserta se crearon cooperativas agrícolas que llevan el nombre de Don Peppe Diana y en ellas se emplea a migrantes y personas desventajadas que fabrican productos típicos locales.
Desde 2006, el Comité Don Peppe Diana solicitó a la Iglesia la apertura de un proceso de investigación para beatificar a Don Peppe. El 21 de marzo de 2014 —la XIX Jornada de Recuerdo y Compromiso en Memoria de las Víctimas Inocentes de la Mafia—, en una vigilia de oración, el sacerdote y fundador de la asociación Libera, Don Luigi Ciotti, le entregó la estola de Don Peppe al Papa Francisco, quien se la colocó sobre sus hombros y la usó mientras bendijo a los cientos de familiares de víctimas inocentes de la mafia presentes en la iglesia. Don Peppe Diana no calló. Y otros empezaron a hablar.
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