Lefebvre y las ciudades de la explotación

Una calle de Recoleta, dos prostíbulos y una investigación judicial permiten explorar cómo las relaciones económicas y sociales producen espacios destinados a la explotación. Y por qué recuperar un edificio no significa necesariamente recuperar el territorio.

Una pareja sueca caminó más de cuarenta y cinco minutos entre las tumbas del cementerio de la Recoleta. Le sacaron fotos a las tumbas de Domingo Faustino Sarmiento y Eva Perón, y a una estatua inmensa de un hombre vestido con una bata y con botas de media caña. Ellos no lo sabían, pero era del boxeador Luis Ángel Firpo. Cuando terminaron el recorrido y salieron del cementerio, los bares y restaurantes de la zona comenzaban a ocuparse de turistas que también salían del cementerio —o del Museo de Bellas Artes—, de empleados que tomaban algo antes de volver a sus casas y de parejas o amigos que habían ido hasta allí porque la zona estaba de moda.
Esquivando turistas, empleados, parejas y amigos, caminaron por el empedrado hasta llegar a la calle Vicente López y doblaron a la derecha. El poco sol que quedaba no les molestaba. Los árboles de la vereda de enfrente, inclinados hacia el cementerio, son una suerte de paraguas verde que cubre a todos y a todo hasta el cruce con la calle Presidente José Evaristo Uriburu, quien también está enterrado al otro lado de la pared, pero en una bóveda a la que no suelen sacarle fotos.
Frente al cementerio, por la calle Vicente López vuelven a aparecer los bares. La manzana anterior, la de los árboles inclinados, está ocupada casi en toda su superficie por el shopping que alberga marcas exclusivas y una subsede del gobierno local. Los bares vuelven a aparecer, pero la pareja prefiere caminar por la otra vereda y evitar comensales, empleados de los locales con menús en la mano y a transeúntes que caminaban en sentido contrario.
También a jóvenes que con movimientos de brazos rápidos buscan atraer la atención de hombres solos o en grupos que pasan caminando. Intentan entregarles pequeños volantes, impresos a un solo color, con la imagen de alguna mujer, un número de teléfono celular y alguna frase de no más de tres palabras. Hay otros jóvenes vestidos con pretenciosamente elegantes que se acercan hasta los bares y buscan conversar con los hombres reunidos en torno a alguna mesa. También llevan folletos, pero de mejor calidad, es decir, impresos en mejor papel, aunque con un diseño sofisticadamente vulgar.
En la esquina de Vicente López y Azcuénaga comienza una serie de locales que en su puerta reúnen a hombres corpulentos, vestidos de negro, que conversan entre sí hasta que otro hombre decide entrar al local. Generalmente, cuando llega alguien, lo hace con un folleto de diseño sofisticadamente vulgar firmado por alguno de los jóvenes vestidos pretenciosamente elegantes. Muchos de los vecinos, los turistas y los transeúntes ocasionales evitan caminar por esas veredas. La mayoría sabe quiénes son esos hombres vestidos de negro que conversan entre sí. Casi todos reconocen a quienes reparten los folletos. A cualquiera de los dos. Pero casi todos los que caminan por ahí, sean suecos, argentinos o japoneses, saben qué promocionan quienes reparten los folletos y que custodian los hombres de negro. Y eso no se construyó solo en unos cuantos días.
La producción del espacio
Henri Lefebvre dedicó buena parte de su vida a observar cómo se relacionaban las personas en la vida cotidiana y cómo esas relaciones influían sobre el espacio y, a su vez, eran condicionadas por él. Lefebvre era filósofo y también sociólogo, de orientación marxista, pero para comprender su trabajo quizás lo más importante sea que vivió las transformaciones de la Francia de posguerra, durante los Trente Glorieuses, tres décadas de modernización, crecimiento económico, industrialización y expansión del consumo.
Durante la Segunda Guerra Mundial, numerosas regiones industriales, ferroviarias y portuarias de Francia fueron bombardeadas por los Aliados, especialmente antes y después del desembarco de Normandía. Fábricas, talleres, rutas, vías ferroviarias, puertos y cientos de miles de viviendas fueron destruidas o dañadas durante la guerra, en particular por las bombas lanzadas desde el aire.
Para cuando Francia fue liberada, la reconstrucción era una obligación. El proceso no solo consistió en construir nuevas fábricas y viviendas, sino que también abrió la posibilidad de que el Estado interviniera cada vez más en la planificación y organización técnica de la vida urbana. Lefebvre cuestionaba a los técnicos y burócratas que concebían los planos, las zonificaciones y las distribuciones funcionales como herramientas capaces de organizar la vida urbana.
La planificación urbana tendió a separar las zonas industriales de las residenciales, mientras grandes conjuntos de viviendas se multiplicaban en las periferias. Los espacios destinados al trabajo, la vivienda, el comercio y el entretenimiento comenzaron a organizarse según funciones diferenciadas. A lo largo de esas décadas, Lefebvre analizó cómo la reorganización del espacio transformaba las relaciones sociales, mientras esas mismas relaciones contribuían a producir nuevas configuraciones espaciales.
En 1974, Lefebvre publicó La producción del espacio, donde planteó que el espacio no era neutral. Las sociedades no solo producían sistemas, instituciones, leyes, relaciones sociales y mercancías, sino también los espacios necesarios para su funcionamiento y reproducción. Para Lefebvre, las ciudades, los barrios y las calles no eran escenarios neutrales donde se desarrollaban esas relaciones, sino también productos de ellas.
Tres ciudades en una misma calle
La historia del barrio de la Recoleta se remonta hasta el siglo XVI, cuando comenzaron a establecerse las primeras chacras destinadas al cultivo y la cría de ovejas. A comienzos del siglo XVIII se establecieron en la zona los franciscanos de la orden de los Recoletos Descalzos, quienes se encargaron de la construcción de la Iglesia del Pilar, sobre la actual calle Azcuénaga.
En 1822, pocos años después de la independencia, sobre la antigua huerta de la iglesia de los recoletos se estableció el cementerio que hoy lleva el nombre del barrio. Antes de que la epidemia de fiebre amarilla hiciera estragos en el sur de la ciudad de Buenos Aires y las familias adineradas se trasladaran hacia el norte, paradójicamente, el cementerio concentraba buena parte de los habitantes permanentes de aquella zona.
Hacia finales del siglo XIX, las reformas urbanas impulsadas por Torcuato de Alvear, primer intendente municipal de Buenos Aires, promovieron la apertura de bulevares y la creación de parques y plazoletas, mientras esas familias de la aristocracia porteña recientemente mudadas levantaban mansiones y palacetes inspirados en la arquitectura francesa, que todavía permanecen en pie. Este tipo de arquitectura, en parte, contribuyó a que a la ciudad le otorgaran el título de la París de Sudamérica, aunque sea compartido con unas cuantas ciudades más.
Se podría decir que la historia de la calle Vicente López está estratificada. En distintos momentos, el entorno de Vicente López estuvo asociado al cementerio, a la expansión residencial del barrio y, posteriormente, al crecimiento de las actividades turísticas, gastronómicas y nocturnas. La arquitectura de ciertos tipos de inmuebles comunica al exterior qué actividad se desarrolla en el interior. Las iglesias, las escuelas y los hospitales, por ejemplo, pueden reconocerse por su lenguaje arquitectónico sin necesidad de leer un cartel en la fachada. Algo semejante ocurre con determinados establecimientos vinculados con la explotación sexual.
A partir de las ideas de Lefebvre, el espacio se puede analizar desde tres dimensiones interconectadas. La primera es entender el espacio como un producto histórico de las relaciones económicas, políticas y sociales. Las actividades económicas producen espacios reconocibles y, con el tiempo, generan determinados códigos arquitectónicos y comerciales que pueden ser interpretados incluso por personas que nunca estuvieron en su interior.
Fachadas oscuras tenuemente iluminadas —particularmente con luces rojas—, una cantidad excesiva de personal de seguridad en la puerta y nombres desvalidos de originalidad y buen gusto constituyen señales que muchos hombres aprenden a interpretar como parte de un código comercial y arquitectónico. En su interior, las mesas, las barras, las mujeres caminando de una mesa a otra, los hombres encargados de la seguridad en las esquinas y las cámaras de seguridad sobre su cabeza —tres ojos en cada esquina controlando a clientes y mujeres— también forman parte de una organización espacial reconocible en determinados establecimientos destinados a la explotación de la prostitución.
La segunda dimensión es el espacio como instrumento, porque su organización permite distribuir funciones, ordenar las actividades y ejercer relaciones de poder. La arquitectura de un establecimiento puede servir para atraer clientes, organizar su circulación y controlar el acceso a determinados sectores. Las entradas, los pasillos, las habitaciones y las barreras entre el espacio público y el privado no cumplen necesariamente la misma función para quienes administran el negocio, quienes pagan por ingresar y quienes son explotados en su interior. La misma arquitectura que facilita el ingreso y la circulación de unos puede utilizarse para restringir la libertad de otros.
Por último, la tercera dimensión es la del espacio como condición. Los espacios históricamente determinados facilitan algunas actividades y dificultan otras. Un puerto no determina la existencia de narcotráfico, pero su infraestructura logística, sus conexiones comerciales internacionales y las eventuales redes de corrupción pueden ser aprovechadas por las organizaciones criminales. Del mismo modo, las áreas que concentran viviendas, atracciones turísticas y establecimientos gastronómicos y nocturnos pueden ofrecer condiciones favorables para la instalación de establecimientos vinculados con la explotación sexual. Pero esas características del territorio no explican por sí mismas la existencia del delito.
Tampoco la presencia de las instituciones estatales garantiza, por sí sola, que un territorio esté protegido. En Recoleta, a unos cuatrocientos metros del prostíbulo, caminando por la calle Vicente López, o a cuatrocientos cincuenta metros por la calle Azcuénaga, se encontraba uno con el Ministerio de Seguridad de la Nación. En cinco cuadras a la redonda del cementerio se concentraban las oficinas donde se diseñaban las políticas nacionales de seguridad —entre ellas, contra la explotación sexual de las personas—, los prostíbulos más exclusivos, bares, restaurantes y la arquitectura más parisina de toda la ciudad.
La explotación de la vida cotidiana
En Argentina, muchos emprendimientos reciben nombres construidos a partir de las primeras sílabas de los nombres de sus propietarios, sus hijos o parejas. Pero en un prostíbulo del barrio de la Recoleta, sus propietarios pretendieron conferir una sofisticación de la que carecía con solo agregar un apóstrofo y una ese final, al estilo de algunos nombres comerciales ingleses. Mario y Daniel eran los dueños del prostíbulo de la esquina de Vicente López y Azcuénaga. También de uno en Mar del Plata, sobre la calle Alem. Coincidencia o fetiche, ambos establecimientos estaban ubicados sobre calles que llevaban nombres de políticos argentinos.
En el prostíbulo, las mujeres vestían poca ropa. Algunas solo usaban un corpiño y un short; otras llevaban vestidos sumamente cortos. El dress code de las mujeres no permitía pantalones. Los clientes también tenían código de vestimenta para ingresar, salvo que fueran famosos. La mayoría de los hombres vestía camisa y no se permitían pantalones cortos, gorra ni camperas deportivas. Los encargados de hacer cumplir el código de vestimenta —entre otras cosas— eran los hombres corpulentos, vestidos de negro, que conversaban entre sí hasta que algún hombre decidía entrar al local.
Cuando los hombres pedían algo de beber, por lo general con alcohol, terminaban consumiendo algo de tamaño regular y lo pagaban a un precio similar al de cualquier otro bar o discoteca de la zona. Pero cuando alguno de ellos quería que una de las mujeres que le parecían más atractivas, y que no estuviera conversando con otro hombre, se sentara a su lado, permaneciera un buen rato y simulara estar entusiasmada ante la posibilidad de tener sexo con él, debía pagar por esa bebida un precio varias veces superior al de la que él había consumido, aunque, por lo general, ellas ni siquiera la tomaban.
Ese trago era una condición que Mario y Daniel habían impuesto en sus prostíbulos —que también se aplicaba en otros— para que la mujer pudiera salir del establecimiento para tener sexo en alguno de los hoteles de la cuadra. Este sistema permitía a los propietarios obtener beneficios vinculados con los encuentros sexuales que se concretaban después mediante el cobro de consumiciones, sin necesidad de presentar formalmente esos ingresos como una participación en el dinero que recibían las mujeres que allí estaban siendo prostituidas.
El negocio no estaba solo en la venta de bebidas a precios extraordinarios, sino en la administración de las condiciones en las cuales los hombres podían comprar un rato de sexo con una mujer. Mario y Daniel controlaban el ingreso de los hombres y de las mujeres, además de las condiciones en las que se producían los encuentros. Definían la permanencia, la circulación y los tiempos de esos encuentros, tanto dentro como fuera del prostíbulo. El espacio, por sí solo, no era nada; su control y organización eran lo que les permitía obtener ganancias.
Cuando el hombre compraba su media hora de sexo, la mujer seleccionada iba hasta un vestidor, tomaba un abrigo lo suficientemente largo para tapar la mayor parte de su cuerpo descubierto y ambos caminaban hasta alguno de los hoteles de la zona. La mayor parte de las habitaciones estaban ocupadas por familias de turistas que buscaban un lugar de descanso cercano a las principales atracciones de la ciudad. Otras permanecían disponibles para los encuentros sexuales con las mujeres de ese prostíbulo y de otros, también en la calle Vicente López. El otro prostíbulo de Mario y Daniel en Mar del Plata estaba junto a un hotel de una reconocida cadena internacional, cuyas habitaciones también eran utilizadas para tener sexo comprado.
Después de la media hora en el hotel, la mujer tenía otra media hora para volver al prostíbulo, sacarse el tapado y sentarse junto a otro hombre que la demandara, permanecer un buen rato a su lado y simular estar entusiasmada ante la posibilidad de tener sexo nuevamente. Si tardaba más de media hora en regresar, debía pagar una multa equivalente al precio de la consumición que los hombres abonaban para sentarse con ella.
A las cuatro de la mañana, el lugar comenzaba a vaciarse de hombres y las mujeres podían cambiarse de ropa y volver a sus casas, intentar divertirse en algún lugar que permaneciera abierto o realmente entusiasmarse con tener sexo con alguien que ellas eligieran. Pero solo a partir de las cuatro de la mañana, cuando todos los restaurantes de la zona ya estaban cerrados y los bares comenzaban a cerrar.
Después de una tarde de excursión en el cementerio, de caminar por el barrio de la aristocracia porteña, de cenar en un restaurante de la calle Junín y terminar la noche en un bar de la calle Presidente José Evaristo Uriburu, la pareja sueca retornaba caminando de la mano por la calle Vicente López a las cuatro y media de la mañana y se cruzaba con un tropel de mujeres que salían caminando de tres locales ubicados en la misma calle, entre ellos, el de Mario y Daniel.
Para explotar sexualmente a las mujeres, no necesitaron pavimentar calles ni construir el local, los hoteles, los bares o los restaurantes. Mucho menos construir el cementerio o promocionar turísticamente a la ciudad. Pero, aun así, podían hacerlo. Porque la explotación sexual no estaba separada de la ciudad, se desarrollaba dentro de ella.
Pero en el barrio no solo había personas directa o indirectamente vinculadas con los prostíbulos, los bares, los restaurantes o el cementerio. También había vecinos, militantes sociales y otras iglesias, además de la de los recoletos. En febrero de 2012, después de una serie de reuniones promovidas por una organización social y un sacerdote del barrio, los vecinos, acompañados de otras organizaciones, marcharon por primera vez para exigir el cierre del prostíbulo.
Recuperar el espacio
Durante buena parte del 19 de septiembre de 2014, un congreso de odontólogos y odontólogas ocupó uno de los salones más grandes del hotel Sheraton de Mar del Plata. Por la noche, cuando el prostíbulo Madaho's —lindero al hotel de la reconocida cadena internacional— abrió sus puertas, muchos de los odontólogos que habían asistido a la conferencia caminaron unos pocos metros e ingresaron al prostíbulo.
Cerca de la una de la mañana, efectivos de la Policía de Seguridad Aeroportuaria ingresaron al prostíbulo, acompañados por personal del Programa Nacional de Rescate y Acompañamiento de Víctimas de Trata y funcionarios del juzgado y la fiscalía a cargo de la investigación judicial. Se prendieron las luces, se cortó la música y se separó a las veinticuatro mujeres —veintidós argentinas, una brasileña y una dominicana— de los más de cincuenta hombres.
Aquella noche culminaba la primera etapa de un largo proceso judicial que conduciría, entre otras derivaciones, a la condena de Mario, Daniel y otros integrantes de la organización, mediante un juicio abreviado, a tres años de prisión de ejecución condicional por la explotación sexual de las mujeres rescatadas el 20 de septiembre de 2014.
La investigación judicial en Mar del Plata condujo al cierre voluntario del prostíbulo en Recoleta. Dos años después del allanamiento, la Cámara de Casación Penal revocó la decisión de la Cámara de Apelaciones de Mar del Plata de sobreseer a los acusados y ordenó investigarlos por los delitos de lavado de dinero.
Casi diez años después, otra sala de la Casación confirmó el procesamiento de Jorge Ferro —un miembro de la Cámara de Apelaciones de Mar del Plata que había sobreseído a los imputados— por los delitos de incumplimiento de los deberes de funcionario público, enriquecimiento ilícito y tráfico de influencias, en procesos vinculados con los propietarios del prostíbulo. Todas esas investigaciones, hasta el día de hoy, se mantienen abiertas.
El juzgado a cargo de la investigación en Mar del Plata decidió embargar el inmueble donde funcionó Madaho's por casi treinta años y lo entregó en custodia y administración a la Asociación Civil por un Mundo Igualitario, una organización dedicada a la defensa y promoción de los derechos de la comunidad LGBTIQ+. AMI transformó el inmueble en un centro cultural, donde también se brinda acompañamiento a personas de la comunidad particularmente afectadas por las dinámicas de la explotación sexual.
En el barrio de Recoleta, el prostíbulo se convirtió, primero, en una apetitosa esquina comercial que durante dos años se mantuvo vacía. Luego se instaló un banco y actualmente es un supermercado. Los edificios siguen allí. También el cementerio, los hoteles, los bares y los restaurantes. Ya no se ven jóvenes vestidos pretenciosamente elegantes repartiendo folletos de diseño sofisticadamente vulgar. Pero todavía se entregan pequeños volantes, impresos a un solo color, con la imagen de alguna mujer, un número de teléfono celular y alguna frase de no más de tres palabras.
Una investigación reciente descubrió que Mario y Daniel estaban vinculados con otro prostíbulo de Recoleta. El establecimiento fue allanado y clausurado en 2026. En el procedimiento fueron rescatadas mujeres que estaban siendo explotadas sexualmente. Las organizaciones criminales no necesitan conservar los mismos edificios para que sus actividades continúen. Los edificios pueden reformarse, sus fachadas transformarse y convertirse en un supermercado, pero se mantienen las relaciones económicas, las redes de intermediación y un antiquísimo acervo cultural que considera el sexo reiterado con diferentes personas, a cambio de dinero, como un trabajo o una diversión, dependiendo del lugar que cada uno ocupe en ese intercambio.
La intervención judicial interrumpió la actividad criminal, pero no podía, por sí sola, transformar las relaciones y las condiciones en el territorio. Para Lefebvre, el territorio no era un escenario, era el resultado y la condición de esas relaciones. Por lo tanto, su recuperación no depende solo de clausurar edificios o modificar su destino, sino también de transformar las prácticas que organizan el territorio. El Estado debe fomentar y garantizar esa posibilidad, pero son las relaciones sociales cotidianas, construidas dentro y alrededor de esos espacios, las que determinan el alcance de la transformación. Habrá que seguir caminando para descubrir qué otras historias se esconden detrás de sus paredes.



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