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Pablo Escobar y el reflejo ludita del Estado

  • Foto del escritor: Lucas Manjon
    Lucas Manjon
  • hace 7 horas
  • 9 Min. de lectura
Cómo la reacción fragmentada y descoordinada del Estado frente al narcotráfico se asimila a la lógica ludita: destruir instrumentos sin transformar el sistema.
    La transformación del narcotráfico a traves de los instrumentos de la economía legal.
La transformación del narcotráfico a traves de los instrumentos de la economía legal.

En 1980 comenzó el decenio más importante en la historia de la cocaína. Ese polvo blanco que ejercía una fuerte atracción sobre las clases media y alta de la sociedad estadounidense llegó a la portada de la revista Time el 6 de julio de 1981. Bajo el título “High on Cocaine”, el magazine mostraba una copa de martini con su clásica aceituna y sorbete, pero en lugar de gin estaba colmada de cocaína.


El artículo del periodista Michael Demarest señalaba que una onza de cocaína —apenas más de 28 gramos— llegó a cotizar hasta cinco veces más que una onza de oro. Como emblema de riqueza y poder, describía escenas de consumo con billetes de cien dólares enrollados y repetía dos ideas que circulaban con fuerza en ese momento: que no dejaba marcas físicas visibles —a diferencia de la heroína— y que no generaba adicción si se la consumía “moderadamente”.


En la misma nota, Demarest sostenía que si todos los narcotraficantes hubieran conformado una sola empresa, las ganancias obtenidas por el comercio de cocaína hacia los Estados Unidos la habrían ubicado en el puesto número siete de la lista Fortune 500, por debajo de Ford y por encima de la entonces petrolera Gulf, hoy integrada a Chevron Corporation.


Los años ochenta fueron la década más importante en la historia de la comercialización ilegal de la cocaína. Pero las bases de esa expansión se construyeron durante los años setenta, cuando la sustancia todavía no había alcanzado su masificación simbólica ni su explosión de mercado.


Durante esa década, el consumo de cocaína se concentraba sobre todo en los sectores altos de la sociedad estadounidense. También circulaba —con mayor discreción— en ámbitos universitarios de élite. Era, en gran medida, un consumo de carácter clasista: mientras los sectores de mayores ingresos accedían a cocaína de alta pureza, la clase trabajadora solo podía comprar marihuana o heroína de baja calidad.


La difusión casi publicitaria de las supuestas ventajas de la cocaína frente a otras drogas, sumada al carácter aspiracional de los ambientes donde se consumía, amplió su demanda hacia sectores que no contaban con el poder adquisitivo necesario para sostener ese consumo. El fenómeno, además, no se limitó a Estados Unidos: en Europa occidental los mercados —más pequeños en volumen— también comenzaron a crecer, y la cocaína pasó a convertirse en uno de los productos ilegales de mayor rentabilidad de la historia.


Pero la cocaína estaba a punto de dejar de ser una moda pasajera y se transformaría en un elemento más en la vida de cualquier persona, la consumiera o no.


El Henry Ford de la cocaína


Henry Ford, creador de la automotriz que lleva su apellido, desarrolló a comienzos del siglo XX un sistema de producción que transformó la industria mundial. En su planta de Highland Park, en el estado de Michigan, a partir de la estandarización del proceso productivo, la maximización del tiempo de trabajo y la concentración de las etapas de fabricación en una misma planta, Ford y sus ingenieros lograron un salto de productividad sin precedentes.


El sistema implementado aumentó la producción, redujo los costos, bajó los precios y permitió el ingreso de amplios sectores trabajadores al mercado automotor. Tan exitoso resultó el modelo fordista que fue adoptado por industrias de todo el mundo, desde la manufactura pesada hasta el servicio de comida rápida. Décadas más tarde, esa misma lógica también sería aplicada al negocio de las drogas.


Pablo Emilio Escobar Gaviria fue un narcotraficante colombiano que transformó el mercado global de la cocaína al adaptar —de manera informal pero eficaz— principios propios del modelo fordista. Sus inicios en el mundo criminal fueron modestos: comenzó profanando tumbas para vender el oro y el bronce de las lápidas. Más tarde, junto a su primo, se vinculó al contrabando de electrodomésticos y rápidamente escaló hacia la compra y venta de cocaína en pequeña y mediana escala.


Aunque Escobar se convirtió en el narcotraficante más famoso del planeta, no fue necesariamente el más poderoso ni el que acumuló mayores fortunas. En Colombia, ese lugar también lo disputaron figuras como los hermanos Ochoa, José Gonzalo Rodríguez Gacha —alias “El Mexicano”— y Carlos Enrique Lehder Rivas, quienes diversificaron sus actividades en múltiples negocios legales e ilegales. Lo que catapultó a Escobar a un lugar preponderante en el mundo narco no fue únicamente la violencia extrema que desplegó, sino su capacidad para leer la creciente demanda de cocaína y reorganizar la oferta mediante métodos de producción y logística que recuerdan al fordismo.


Escobar articuló a varios traficantes de la región de Medellín y contribuyó a consolidar el llamado cartel de Medellín: una estructura orientada a controlar de forma coordinada la producción, el transporte y la comercialización de cocaína. Este tipo de acuerdos implica que los miembros invierten y comparten recursos —económicos, logísticos, políticos y judiciales— con el objetivo de dominar una porción significativa del mercado y maximizar las ganancias, que luego se distribuyen entre los socios.


Los carteles suelen surgir en industrias donde el control de materias primas estratégicas permite influir decisivamente sobre los precios. Un ejemplo paradigmático en la economía legal es la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que al concentrar gran parte de las reservas mundiales puede incidir en la cotización internacional del crudo, como lo hicieron por primera vez en 1973, cuando detuvieron la producción de petróleo, dejaron de vendérselo a los países aliados a Israel y en definitiva, obligaron a las empresas a cuadruplicar el precio del petróleo, en represalía de la guerra árabe-israelí o de Yom Kipur.


En el caso de Escobar, emulando a los grandes complejos fabriles del fordismo, el cartel de Medellín instaló enormes laboratorios cerca de las zonas donde se concentran los arbustos de coca -materia prima básica para producir cocaína-, para reducir costos y abaratar el precio de venta. Uno de los ejemplos más claros que en el futuro permitió conocer el desarrollo del sistema creado por Escobar -emulando a Henry Ford-, ocurrió el 7 de marzo de 1984, cuando el Ejército de Colombia descubrió y destruyó un gigantesco laboratorio dedicado a la producción de cocaína en la región selvática de Caquetá y Meta, en el medio-sur colombiano.


El laboratorio propiedad del cartel de Medellín se llamaba “Tranquilandia” y al momento de ser allanado, se encontraron quince toneladas listas para ser convertidas en clorhidrato de cocaína; cientos de toneladas de precursores químicos para terminar ese procedimiento; nueve laboratorios; ocho pistas de aterrizaje, cuatro avionetas dedicadas exclusivamente a transportar la cocaína y un helicóptero, que con el tiempo se supo que pertenecía a una empresa de Alberto Uribe Sierra, padre del futuro presidente Álvaro Uribe Vélez.


El cartel de Medellín operó desde finales de los años setenta hasta 1993 cuando Escobar fue asesinado en el techo de una casa cuando intentaba escapar. Durante todos esos años también funcionó otro monopolio ubicado a solo 420 kilómetros al sur de Medellín, en la ciudad de Cali y que fue popularmente conocido como el cartel de Cali. Fueron años en los cuales la guerra contra las drogas -declarada por el presidente estadounidense Richard Nixon en 1971- era la única respuesta más o menos planificada por el Estado para hacer frente al fenómeno del narcotráfico.


La guerra contra las drogas declarada unilateralmente por los Estados Unidos fundamentalmente apuntó a destruir las fuentes de materia prima necesarias para producir las drogas, en el caso de la cocaína, los arbustos de hoja de coca. La idea fue desabastecer del insumo básico para fabricar cocaína y que los narcotraficantes se vieran obligados a incrementar los precios y así provocar una caída en la demanda de cocaína. Esa interpretación simplista de la ley de oferta y demanda hubiese funcionado si los narcotraficantes no formaban cárteles e implementaran desarrollos tecnológicos para mejorar la producción y evitar las consecuencias de esa guerra.


La mayoría de los acuerdos comerciales con el tiempo se resquebrajan y sobre todo si los establecen criminales. Para aumentar las ganancias cada uno de los grupos intentó abrir nuevas zonas de venta o apoderarse de las que pertenecían al otro grupo. La cantidad de cocaína que ambos grupos introdujeron en el mercado terminó por producir una sobreoferta y el descenso en los precios no tardó en llegar.


En poco tiempo, la cocaína dejó de ser un bien de consumo exclusivo y se convirtió en un producto más de la naciente sociedad de consumo global. La lógica que había permitido que el automóvil llegara a la clase trabajadora empezaba, con otras consecuencias, a operar también en el negocio narco. Sin embargo, mientras el negocio de la cocaína crecía y se reorganizaba bajo las premisas del capitalismo, el Estado en cambio no pudo evolucionar lo suficiente para dar respuesta a las causas del fenómeno y no solo a las consecuencias.  


Lejos de abordar las condiciones estructurales que hacían posible la expansión del mercado de la cocaína, el Estado se concentró en perseguir a los actores visibles y a la incautación de cargamentos. A pesar de que se producía mucho más de lo que se lograba incautar, o se reclutaban muchas más personas de las que se lograba detener, el Estado seguía -y sigue- enfocado en las consecuencias.


La desproporción entre la complejidad del fenómeno y la simplicidad de la respuesta se asimila más a un reflejo de tipo ludita, que a una política realmente capaz de cambiar el funcionamiento real del mercado.


Golpear la máquina no destruye el sistema


El ludismo fue un movimiento de trabajadores textiles ingleses, que a finales del siglo XVIII se opuso a la introducción masiva de maquinarias al sistema de producción textil. Los luditas consideraban que los capitalistas introducían las maquinarias para reemplazar a los trabajadores y maximizar sus ganancias. 


El movimiento comenzó en Nottingham, en la región centro de Inglaterra y se extendió sobre todo hacia el norte, donde se concentraba la mayor parte de la industria textil inglesa. Los luditas ensayaban maniobras de tipo militar para ingresar en las fábricas y destruir o averiar ciertas máquinas, en particular las que podían generar un mayor riesgo a las fuentes de trabajo. 


Los historiadores británicos Eric Hobsbawm y E. P. Thompson mencionaron en varias oportunidades la paradoja de algunas acciones luditas en las cuales se llegaron a utilizar máquinas para destruir a otras máquinas. Por ejemplo, en el condado de Yorkshire, la introducción de una máquina cosechadora de marca Enoch Taylor fue destruida utilizando un martillo también fabricado por Enoch Taylor. En tono de burla, los luditas solían decir “Enoch lo hace y Enoch lo rompe.”


Si bien el ludismo se extendió por varias regiones de Inglaterra y generó pánico entre los capitalistas, el movimiento fue liquidado rápidamente por el gobierno inglés mediante un juicio y la posterior sentencia de muerte para varios de los condenados. El movimiento ludita se organizó en relación a la táctica -la destrucción de las máquinas- y a la necesidad de encontrar una esperanza -por efímera que sea- en cada acto de sabotaje a sus demandas. Los desarrollos de la revolución industrial habían llegado para quedarse y averiar unas cuantas máquinas no iba a impedir nada de lo que iba a venir.


El mercado de las drogas se internacionalizó a partir de los años setenta cuando la demanda de heroína creció en los Estados Unidos y Europa, y se consolidó durante los ochenta y noventa cuando la cocaína se transformó en un producto económicamente accesible a todo el mundo. A comienzos del siglo XXI, los cárteles mexicanos llevarían a cabo una nueva transformación del mercado internacional de las drogas con las drogas sintéticas. 


Desde los años setenta, el fenómeno del narcotráfico mutó, se complejizó, pero las respuestas del Estado siguen siendo las mismas. La táctica de enfrentar al narcotráfico mediante una guerra contra las drogas sigue vigente en todo el mundo, solo en algunos lugares cambiaron los actores, métodos e instrumentos. 


En muchos escenarios, la lucha contra el narcotráfico dejó de ser una cuestión bélica y pasó a ser exclusivamente policial. Se implementaron desarrollos tecnológicos para perseguir a los traficantes y se modernizaron las prácticas judiciales con el objetivo de recuperar los activos y quebrar económicamente a las organizaciones criminales. Pero las transformaciones del Estado siempre fueron reacciones espasmódicas, en respuesta a los cambios estructurales que las organizaciones criminales promovieron y que la sociedad de consumo aceptó.


La guerra contra las drogas desde sus orígenes se orienta a intervenir sobre la oferta y no sobre la demanda. Los tipos de drogas que la sociedad consume varían según la época, pero los narcotraficantes adaptaron sus sistemas de producción y comercialización para dar respuesta a la demanda. 


Pablo Escobar fue uno de los primeros en comprender que el narcotráfico no es un grupo de personas cometiendo delitos de manera más o menos organizada, sino un sistema de relaciones sociales y económicas en permanente transformación. El Estado todavía intenta comprenderlo, pero se resiste a reconocer que solo interviene sobre las máquinas y no sobre el sistema. La sociedad de consumo, mientras tanto, siempre reclama algo para comprar: a veces mercancías, otras veces promesas y las dos, muchas veces no existen.


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