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Cuando el narco se volvió flexible

  • Foto del escritor: Lucas Manjon
    Lucas Manjon
  • hace 8 horas
  • 7 Min. de lectura
La producción descentralizada de drogas sintéticas cambió las reglas de la guerra antidrogas.
La segunda transformación del narcotráfico a traves de los instrumentos legales de la economía.
La segunda transformación del narcotráfico a traves de los instrumentos legales de la economía.

Los fantasmas que deambulaban por Nueva York durante los años ochenta eran distinguidos por sus dientes naranjas -cuando lograban conservarlos-, o por tener narices liberadas de cualquier vello a causa de un fuego intenso y momentáneo. Ese mismo fuego que les generaba callos negros en reemplazo de las yemas de los dedos índice y pulgar. Lo más extraño fue que esos fantasmas surgieron del mercado y no de la tragedia.  


La relación entre drogas, economía y políticas públicas nunca fue tan estrecha como en la epidemia de crack de cocaína durante los años ochenta. La sobreoferta de cocaína en el mercado de las drogas favoreció el lanzamiento de un nuevo producto -el crack de cocaína-, a bajo costo y a un precio de venta lo suficientemente accesible para los sectores empobrecidos de la clase trabajadora norteamericana.


Millones de trabajadores y desempleados, sobre todo latinos, afroamericanos y blancos empobrecidos se volvieron adictos a un producto que surgió de la capacidad de los narcotraficantes para comprender lo que el mercado les demandaba. 


El método precario y simple con el cual se extraen los alcaloides de la hoja de coca para fabricar clorhidrato de cocaína lo desarrolló el farmacéutico peruano - francés Alfredo Bignon a finales del siglo XIX. El método Bignon se sigue utilizando pero desde los años ochenta, los narcotraficantes colombianos, a partir de la implementación de los métodos característicos del fordismo lo adaptaron para producir cocaína a escala masiva.


Mediante enormes laboratorios instalados cerca de las fuentes proveedoras de materias primas -arbustos de hoja de coca- y dotados de tecnología moderna para la época, los cárteles de Medellín y Cali cuadruplicaron la cantidad de cocaína producida, a menor costo, lo que les permitió venderla a un precio más bajo y terminar ampliando la masa de consumidores.


Esos cambios se trasladaron al sistema productivo de otras drogas como la heroína y la marihuana. Las siembras de amapola, la planta de la cual se obtiene opio, la materia prima básica para poder producir heroína, y de marihuana se concentraron en sembradíos con cientos de hectáreas de extensión, favorecieron el procesamiento, embalaje y transporte de las drogas hasta su mercado de destino.


Uno de los narcotraficantes que implementó los métodos fordistas a la producción de marihuana a gran escala fue Rafael Caro Quintero. Como uno de los fundadores del Cártel de Guadalajara planificó y desarrolló un sembradío de 6 mil hectáreas de marihuana que llegó a emplear a diez mil trabajadores.


Pero en ese entonces, la mayor parte de la economía mundial legal había dejado atrás el modelo de producción fordista. La rigidez productiva se agotaba por las nuevas demandas de la sociedad y era reemplazado por otro modelo también surgido en una empresa de automóviles, en este caso japonesa. Con el toyotismo, se comienzan a fabricar productos que el consumidor demanda en fábricas donde las materias primas -físicas y humanas- eran más baratas y cerca de los centros de venta más importantes.


Mientras las empresas legales fabricaban bajo ese nuevo sistema, los narcotraficantes en México comenzaban a prepararse y adaptarlo a sus necesidades, que en definitiva son las de sus clientes. Los deseos de consumir diferentes drogas requerían un sistema nuevo y los narcos comenzaban a adaptarlo.


La fábrica global del narco


En muchas culturas, cocinar es considerado un arte. Los críticos culinarios muchas veces manifestaron que los platos de ciertos cocineros se asemejan a obras de Da Vinci, Picasso o Rembrandt. En la cultura narco, también existen cocineros o artistas. Pero sus creaciones no provienen de cocinas ni de ateliers en las fastuosas capitales, sino desde laboratorios precarios instalados en pueblos solo recordados por el diablo en la Sierra Madre Occidental, Kansas, Noord-Brabant o Bali.


El primer día del año 1994, la sociedad mexicana comenzaba a vivir uno de los años más convulsionados de toda su historia. Ese primero de enero, México, Estados Unidos y Canadá activaron el Tratado de Libre Comercio de América del Norte. El tratado se convirtió en una autopista de capitales, seres humanos y mercancías que terminó siendo aprovechada por los narcos mexicanos, que multiplicaron sus ganancias introduciendo cocaína colombiana en los Estados Unidos por aire, mar y tierra.


El control sobre los diferentes carriles de la nueva autopista que conecta a México con el edén del narco, les permitió desplazar temporalmente de la escena a los narcos colombianos. Si bien la mayor parte de la cocaína que se aspiraba en el mundo se producía en Colombia, sin los narcos mexicanos era imposible que llegara a las narices estadounidenses.


A fines del siglo XX, las metanfetaminas volvieron a estar de moda y los narcos mexicanos trabajaron duro para convertirse en los principales proveedores. No les resultó muy difícil. Las metanfetaminas que se fumaban en los Estados Unidos eran de pésima calidad, producidas en sucios garajes, sótanos o casas abandonadas en los suburbios de las grandes ciudades estadounidenses. Antes de pasar un tiempo en los sótanos del mercado, las metas eran consumidas por soldados, estudiantes universitarios y trabajadores con largas jornadas laborales. También las amas de casas que intentaban bajar de peso o estaban deprimidas, o ambas cosas.


Las metanfetaminas fueron prohibidas en 1985 a instancias de la DEA, pero su demanda no se interrumpió y le dio espacio a los nuevos proveedores ilegales e improvisados que tenían las mismas cualidades culinarias que un empleado de comidas rápidas. Además de ser pésimos fabricantes de Ice, Cristal o Speed, tenían serios problemas para abastecerse de las materias primas necesarias para fabricarlas. Si bien el precursor químico básico de las metanfetaminas es la efedrina y era difícil de conseguir, los incompetentes cocineros muchas veces provocaban incendios, explosiones o envenenamientos por utilizar en sus recetas litio, líquido para destapar cañerías o anticongelantes de motores.


Aunque los entusiastas e improvisados cocineros siguieron fabricando metanfetaminas de pésima calidad, los narcos mexicanos se volvieron los proveedores mundiales de metanfetaminas de excelente calidad, con extensas redes de distribución y centros de producción en diferentes puntos del planeta, sobre todo en los países con mayor demanda o menores controles para la importación de los precursores químicos. En simples casas de la periferia de Kansas, Nuevo México o Arizona, químicos universitarios al servicio de los carteles instalan pequeños laboratorios para abastecer las metanfetaminas que se demandan.


Esa escena se repite en cada uno de los países en los cuales el mercado es lo suficientemente rentable para los narcos. Este sistema les permite flexibilizar la producción, evitar el stock paralizado y el riesgo de decomiso, tanto de las materias primas como del producto terminado. A través de las filiales locales, el narco adaptó la producción para responder con eficiencia y terminar enloqueciendo a un Estado que intenta enfrentarlo con herramientas obsoletas.


El Estado contra fantasmas reales


El Cártel de Sinaloa fue la organización criminal que mayor ventaja obtuvo por adoptar el toyotismo. Dirigido por personajes como Chapo Guzmán y Mayo Zambada, entre sus líderes también se encontraba Ignacio Coronel Villarreal reconocido como El Rey del Cristal. Los narcotraficantes no suelen jubilarse. Sus carreras criminales terminan cuando son asesinados o arrestados y eso significa oportunidades de ascenso para otros miembros, como ocurrió con Coronel.


Pero fue su capacidad para importar precursores, contratar químicos e instalar laboratorios para producir metanfetaminas en varios puntos del planeta lo que mantuvo en la cima. La expansión del Cártel de Sinaloa se apoyó en el control territorial de las zonas productivas y logísticas hacia los Estados Unidos -que consiguió en alianza con sectores corruptos del Estado-, pero fue Coronel y su estrategia para fabricar metanfetaminas lo que permitió que el cártel ampliara su red de cómplices, proveedores y compradores.


Coronel murió en un enfrentamiento con miembros del ejército mexicano. Hasta el mismo día de su muerte mantuvo el control de los estados de Jalisco, Michoacán y Colima al sur del país. No resultó extraño que después de su muerte varias organizaciones criminales disputaran a sangre y fuego el dominio de esos territorios. De todas ellas, la que mayor poder acumuló fue el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) con su líder Nemesio Oseguera Cervantes -alias El Mencho- quien murió el 22 de febrero de 2026 durante un operativo del Ejército mexicano que intentaba detenerlo en la pequeña ciudad de Tapalpa, en el estado de Jalisco.


La respuesta del cártel de las cuatro letras -como se lo conoce en el mundo narco- fue similar a la ocurrida en 2019 en Sinaloa. En esa oportunidad, el ejército mexicano por unas pocas horas detuvo al hijo del Chapo Guzmán y los sicarios del cartel invadieron la ciudad de Culiacán, la capital del Estado de Sinaloa. Vehículos incendiados y camiones volcadores con fusiles calibre .50 -para atacar aviones de gran porte- bloquearon los principales accesos para asediar a la ciudad desde adentro e impedir que el ejército se llevara al detenido fuera de la ciudad. Las imágenes transmitidas a todo el mundo por redes sociales se asimilaban más a un trailer del Call of Duty que a un procedimiento judicial.


Desde el origen de las estructuras criminales modernas como son los cárteles colombianos y mexicanos, el Estado ha desplegado una única táctica para enfrentarlas: capturar a los líderes, destruir sus laboratorios o decomisar sus cargamentos. El crecimiento de las organizaciones criminales, el consumo masivo de drogas y los costos que eso representa para el Estado y la sociedad en general es tan solo una muestra de lo ineficaz que sigue siendo esa táctica, sobre todo porque esas estructuras mutaron.


Los tiempos en que los métodos del fordismo determinaban el desempeño del narcotráfico se terminaron a partir de la descentralización productiva y organizativa típica del toyotismo. Y los golpes del Estado son cada vez más débiles, ya no por la debilidad del Estado, sino por la capacidad de las organizaciones para absorber los golpes. Cambian los líderes y las organizaciones, pero siguen produciendo, traficando y lavando dinero. Nuevas drogas empiezan a ponerse de moda, pero las víctimas siguen siendo las mismas.


Los Estados buscan cabezas, pero el narco aprendió a sobrevivir sin ellas y en esa etapa estamos hoy.


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