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El mercado del cerebro y la cultura de lo ilegal

  • Foto del escritor: Lucas Manjon
    Lucas Manjon
  • 1 sept 2025
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 27 ene

Datos, atención y poder: el capitalismo digital convirtió la vida privada en mercancía y su lógica hoy moldea mercados, cultura y crimen.
Imagen generada por IA
Imagen generada por IA

Cinco de las empresas mejor valoradas financieramente son Meta Platforms, Alphabet, Microsoft, Amazon y Apple. Todas son de origen norteamericano y son las dueñas del capitalismo actual. Las Big Five, como se las reconoce en el ambiente financiero, con sus desarrollos tecnológicos y digitales se apropiaron casi en su totalidad de la vida pública y privada.


Las relaciones sociales, la comunicación y los mercados son controlados por esas cinco empresas. En un segundo escalón, pero no menos importante, se ubican compañías como Netflix, Disney y Spotify —entre otras—, que controlan el acceso a las nuevas formas de entretenimiento y a la cultura.


Estas empresas fueron las promotoras del modelo de negocios conocido como freemium, una contracción de las palabras en inglés free —gratis— y premium. Se trata de un modelo creado durante los primeros años del siglo XXI, basado en la posibilidad de brindar dos tipos de servicios: uno básico y gratuito, y otro avanzado y pago. A pesar de lo que podría suponerse, el servicio más lucrativo para estas empresas fue y sigue siendo el básico y gratuito.


El registro obligatorio y la aceptación forzada de una serie de extensas condiciones permiten a estas empresas acumular una cantidad incontable de datos personales y conocer los gustos, intereses y comportamientos de los usuarios en la web. Esa información es analizada a través de aplicaciones de inteligencia artificial, lo que les permite crear perfiles detallados de cada una de las personas que debieron entregar sus datos para hacer uso de las plataformas.


Esos perfiles son ofrecidos a empresas que, por lo general, se dedican a la venta de productos o servicios en línea. Con la información recopilada y los servicios de publicidad —proveídos por las mismas empresas—, las agencias de publicidad crean campañas masivamente personalizadas —un oxímoron—, enfocando los recursos únicamente en usuarios con perfiles de potenciales clientes.


Además de optimizar los gastos de marketing, está neuropsicológica y sociológicamente comprobado que la repetición continua de anuncios publicitarios aumenta las probabilidades de que las personas terminen decidiéndose por la compra de un producto. La estrategia publicitaria masivamente personalizada tiene, además, la capacidad de generar interés por productos o servicios por los cuales no existía ningún tipo de atracción antes del bombardeo de anuncios.



Alphabet, propietaria de Google y YouTube, junto con Meta, dueña de Facebook, Instagram y WhatsApp -empresas con fuertes inversiones en KoBold Metals, una empresa que utiliza inteligencia artificial para detectar minerales en Groenlandia- declararon que la mayor parte de sus ingresos provino de este tipo de publicidad y que así alcanzaron ganancias de 73.795 y 39.098 millones de dólares, respectivamente, al cierre del año 2023. Con tan solo un clic, el usuario que ingresó a la web como comprador se transformó en la mercancía.


EL MERCADO DEL CEREBRO Y LAS IDEAS


No se trata solo de empresas que intentan perfeccionar sus campañas publicitarias a través de la información personal y privada de los usuarios. También los partidos políticos, los grupos de presión, las organizaciones sociales y las organizaciones criminales utilizan la incalculable cantidad de información que recolectan las Big Five. La capacidad de influir mediante publicidad masiva especialmente dirigida no solo condiciona la conducta de las personas en el mercado, sino que también moldea la ética, el pensamiento político y la cultura en general.


Uno de los primeros en advertir el potencial de este modelo para influir en las decisiones políticas —si se cuenta con información masiva y precisa— fue el equipo de campaña del entonces candidato presidencial Barack Obama en el año 2008.


A partir de la información recopilada en redes sociales y del análisis de las manifestaciones políticas que los usuarios realizaban en uno de los test ofrecidos por Facebook, la campaña de Obama se enfocó, en una primera etapa, en la publicación de anuncios destinados a incentivar el empadronamiento de potenciales votantes del Partido Demócrata en el sistema electoral estadounidense.


En una segunda etapa, los anuncios se concentraron en los intereses específicos de aquellos posibles electores que ya se habían registrado. El resultado de esa campaña basada en datos masivos y personalizados fue que un millón de personas se registraron para votar y que Barack Obama ganó la elección por apenas 700 mil votos.


La inteligencia artificial y los datos recopilados de manera masiva también son utilizados por las organizaciones criminales para perfeccionar y ampliar sus márgenes de ganancia. Los secuestros virtuales, las extorsiones —especialmente de carácter sexual— y las estafas se vuelven mucho más difíciles de prevenir cuando se utilizan aplicaciones capaces de clonar voces y cuando se dispone de información del círculo familiar más íntimo, que se volvió pública a través de las redes sociales.



El sector de las organizaciones criminales que desde hace más tiempo utiliza la tecnología y los datos para optimizar resultados es el dirigido por abogados, contadores, escribanos y banqueros. El lavado de dinero fue una de las primeras áreas en las que se aplicó inteligencia artificial vinculada a tecnologías de criptomonedas y plataformas de blockchain.


Un informe de 2023 de la empresa Chainalysis —dedicada a la recopilación y análisis de datos en cadenas de blockchain— destacó que las transacciones en este tipo de plataformas pasaron de 14 mil millones de dólares en 2021 a casi 44 mil millones en 2024.


RECLUTAMIENTO DIGITAL Y CULTURA DE LO ILEGAL


Las diferentes estructuras de la criminalidad organizada, con excepción de los sectores dedicados al lavado de dinero, presentan una alta tasa de rotación o inestabilidad si se las analiza con términos propios de las relaciones laborales. La antigüedad promedio de cualquier miembro dentro de una organización criminal no supera los siete años. Por lo general, la carrera delictiva se termina o se interrumpe cuando los integrantes son asesinados o encarcelados. En el crimen organizado no existe el acuerdo entre privados.


El alto nivel de rotación representa un desafío permanente para quienes dirigen este tipo de organizaciones. Al fin y al cabo, deben reclutar personas a las que conocen poco o directamente no conocen, y que son capaces de cometer todo tipo de delitos, incluso contra quienes les brindaron una oportunidad en su breve carrera criminal. Una de las nuevas tácticas —aunque la estrategia es la misma— consiste en inundar las redes sociales con videos y memes.


En latitudes diferentes pero con bagajes culturales similares como consecuencia de la globalización, organizaciones criminales como la Camorra napolitana, el Cártel Jalisco Nueva Generación y el Cártel de Sinaloa —junto a influencers— exhiben en redes sociales muestras vulgares del lujo al que acceden por formar parte de estos grupos y cometer determinados crímenes.


Mediante una gran cantidad de cuentas en las redes sociales más populares —antes Snapchat, hoy Instagram y TikTok— y un ejército de bots que funcionan como un batido de anabólicos cibernéticos, las organizaciones criminales, especialmente las dedicadas al narcotráfico, distribuyen masivamente contenido sobre los supuestos beneficios económicos y sociales de integrar una organización criminal.


Las imágenes se repiten una y otra vez: autos lujosos, dólares, mansiones, animales exóticos, mujeres hermosas, armas de distintos calibres, toneladas de drogas y fiestas descomunales. Para una parte significativa de los jóvenes, sobre todo en los nietos de la clase trabajadora excluida, todo eso funciona como un medio para alcanzar un respeto que la sociedad les niega, aunque en realidad solo reciben miedo y rencor.


Las cuentas de las organizaciones criminales utilizan siempre los mismos hashtags para atraer y fidelizar a los usuarios. Los videos suelen estar acompañados por canciones que, de una u otra manera, se vinculan con la actividad criminal. En México, por ejemplo, son muy populares los llamados narcocorridos, un subgénero musical que exalta la figura de los narcotraficantes, sus crímenes, sus enfrentamientos, su vida de lujo y sus relaciones personales.


Toda esa serie de delitos recitados en prosa está cubierta por un espeso barniz de solidaridad que busca emparentarse con figuras como Robin Hood en la literatura popular internacional o Jesús Malverde en la cultura popular mexicana. Muchos cantantes o grupos musicales enteros terminan asesinados o investigados por complicidad con los cárteles, mientras discográficas internacionales que los producen, distribuyen sus canciones y videos a través de plataformas como Spotify, YouTube o Apple Music aumentan sus ganancias.



En Italia, el lugar de los narcocorridos es ocupado por los neomelódicos napolitanos, un subgénero que se expandió por gran parte de Europa, a pesar de que el italiano solo se habla en un país y el dialecto napolitano en una sola región de ese mismo país.


Uno de los exponentes más conocidos del género es Tony Colombo, un siciliano que se transformó en un ícono napolitano. Lanzó más de veinte discos y en 2023 fue acusado de asociación mafiosa, lavado de dinero y contrabando de cigarrillos junto a una veintena de personas. Dos años después fue absuelto de todos los cargos.


Los vínculos de Colombo con la Camorra no se limitan a una afinidad artística o a un presunto negocio criminal. Su esposa, Tina Rispoli, también implicada en la investigación judicial en la que resultaron absueltos, era la viuda de un boss mafioso de los años noventa.


En el capitalismo digital, la capacidad cognitiva de los usuarios se convirtió en la mercancía estrella que las Big Five venden a empresarios, líderes políticos, actores sociales y organizaciones criminales. La información que los usuarios volcamos a la red —lo que buscamos, lo que opinamos, cuándo compartimos, con quién, dónde estuvimos y hasta cómo la pasamos— constituye la masa crítica de los negocios en esta fase del capitalismo digital.


El crimen organizado, y en particular el narcotráfico, sigue siendo una subcultura, una expresión de algo aparentemente marginal, pero que crece a un ritmo acelerado. No solo por la acción de quienes la impulsan, sino también por la apropiación que de ella realizan los actores que moldean la cultura hegemónica.


Las empresas de entretenimiento, las productoras musicales y audiovisuales y las grandes casas editoriales comenzaron a interesarse por ese sector que aparece mencionado en canciones, series, novelas, películas y libros, pero que en la vida cotidiana ocupa las páginas policiales de los diarios.


Con una mirada empresarial sorprendente, agresiva y oportunista, estas empresas invierten en bandas, cantantes y escritores para convertir en productos de estantería —carentes de subjetividad y metáfora— las historias de miedo, violencia y exclusión de la clase trabajadora.


Este tipo de producción cultural masiva, desprovista de crítica, resulta particularmente nociva en sectores de la sociedad atravesados por la precarización, la desigualdad y la falta de futuro. En ese contexto, el crimen organizado, como cualquier otro espacio medianamente estructurado, ofrece identidad, pertenencia, reconocimiento simbólico y dinero: la llave maestra de este sistema.


La inteligencia artificial y la capacidad de hacer negocios con los datos personales, los patrones de conducta y los intereses más sensibles y privados del ser humano terminan cubriendo con una neblina espesa el desarrollo de la vida comunitaria, diversa y en permanente tensión. La posibilidad de que las organizaciones criminales utilicen esas mismas herramientas transforma esa  neblina espesa  en “una mierda tóxica que cae del cielo".


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