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Pio La Torre: la ley y la mafia

  • Foto del escritor: Lucas Manjon
    Lucas Manjon
  • 29 abr
  • 9 Min. de lectura
En Palermo, una ley cambió la relación entre el Estado y la mafia. Pio La Torre fue uno de sus impulsores.
Pio La Torre: la ley y la mafia
Pio La Torre: la ley y la mafia

En medio de la noche, desde el campo y el océano se envía mercadería hacia el Mercato di Ballarò de Palermo. No hubo empresarios, funcionarios, duques que cortaran una cinta, pero los mercaderes de la Alta Edad Media comenzaron a reunirse en Ballarò y la transformaron en un mercado a cielo abierto. Como nunca tuvo apertura, tampoco tiene un cierre. Está ocupada veinticuatro horas al día por compradores, vendedores, empleados, curiosos, turistas y mafiosos. Palermo es un Mercato di Ballarò a gran escala. Tampoco se duerme. A la madrugada, cuando ya no se escucha el ruido de un motor o el grito de un trasnochado, los palermitanos dormitan y el tránsito es una de sus pesadillas.


La mañana del 30 de abril de 1982, el sol calentaba el ambiente lo suficiente para hacer olvidar el invierno, que formalmente había abandonado el hemisferio norte tan solo un mes antes. Ese día Rosario Di Salvo repitió su rutina. Bajó del auto y esperó apoyado sobre la puerta del acompañante hasta que Pio La Torre se subió. Se dirigían hasta la sede del Partido Comunista Italiano, donde militaban desde hacía muchos años. Pasadas las nueve de la mañana, se quedaron atrapados en la pesadilla del tránsito. El Fiat 132 beige que conducía Rosario Di Salvo ingresó en una calle angosta. Los autos estacionados obligaban a formar una fila india. Cuando la calle se estrechó y los espejos retrovisores se golpearon entre sí, dos hombres en una moto se adelantaron al Fiat 132 y comenzaron a dispararles. Desde un vehículo estacionado, otros se sumaron al tiroteo. Rosario sacó su arma y disparó cuatro veces, mientras intentaba cubrir con su cuerpo a Pio. Varias balas lo alcanzaron. Otras alcanzaron a Pio, que murió pocas horas después.


Pio La Torre nació en las vísperas de Navidad de 1927, en Altarello di Baida, una aldea en la periferia de Palermo. Hijo de agricultores, desde pequeño junto a sus cuatro hermanos trabajó en la Conca d’Oro, una región rica en recursos controlada por los terratenientes y la mafia. A pesar de las jornadas de trabajo, estudió a la luz de las velas y a los 18 años, tras el final de la Segunda Guerra Mundial, ingresó a la Universidad de Palermo y se sumó al Partido Comunista Italiano (PCI).


Tras la expulsión del ejército nazi de Italia, el gobierno inició una serie de programas agrarios para garantizar condiciones de vida mínimas a los campesinos, sobre todo en el sur. El primer gobierno italiano, después de la larga noche fascista, incluyó a miembros de diferentes partidos políticos, incluido el Partido Comunista Italiano (PCI).


Funcionarios del PCI promovieron el acceso a la tierra para los campesinos. El principal exponente fue Fausto Gullo, un calabrés que en 1944 fue designado como Ministro de Agricultura. Cuatro años más tarde, a través de un decreto que llevó su nombre, se reconoció la ocupación de tierras por parte de los sindicatos de campesinos. El decreto significó la transferencia de más de ciento ochenta mil hectáreas sin cultivar o subexplotadas por los terratenientes hacia los campesinos. La política agraria de Gullo terminó cuando fue desplazado del cargo. Dos de las primeras víctimas surgieron de la alianza entre los latifundistas y la mafia.


Epifanio Li Puma era un campesino y líder sindical en el oeste de Palermo. Defensor de las organizaciones sindicales, el 2 de marzo de 1948, dos hombres a caballo llegaron hasta él y lo mataron de varios tiros. Ocho días después, en la ciudad de Corleone, secuestraron y asesinaron al líder sindical campesino Placido Rizzotto. El jefe del clan, el médico Michele Navarra, al día siguiente, le aplicó una inyección letal a un niño de doce años que había presenciado el secuestro.


La violencia sobre los campesinos se extendió con rapidez. Los latifundistas emplearon a la mafia para amenazar y asesinar a los sindicalistas y a las familias campesinas que se negaban a acatar órdenes. Una de ellas fue la familia de Pio La Torre, que ya era un referente para muchos campesinos de la zona por su actividad política. Una familia de la mafia que le habían ofrecido a Pio La Torre sumarse al partido político que apoyaban incendió las puertas del establo luego de que Pio los rechazara. El padre de Pio La Torre le pidió a su hijo que dejara la actividad política o abandonara la casa. El resto de la familia no estaba acostumbrada ni quería llamar la atención de los latifundistas y la mafia. Pio recogió su ropa, sus libros y se marchó a Palermo.


La Conca d’Oro


Una nueva ola de protestas campesinas comenzó en el sur de Italia. Pio La Torre propuso la ocupación masiva de tierras en Bisacquino, al sur de Palermo. El 10 de marzo de 1950 -en el segundo aniversario del secuestro y asesinato de Placido Rizzotto-, Pio, junto a seis mil personas, parceló cerca de dos mil hectáreas para repartirlas entre los campesinos. Cuando los ocupantes volvían a sus hogares, la policía desplegó un operativo para impedir el regreso. Los insultos iban de un lado al otro y en muy poco tiempo llegaron las piedras y las balas. Pio intentó detener la represión pero la policía avanzó igual. Cien campesinos, entre ellos Pio, terminaron detenidos. Fue acusado de golpear a un teniente de la policía durante los incidentes.


El juicio tardó diecisiete meses en llegar y lo mantuvo en la cárcel de Ucciardone en Palermo. Considerado partícipe de un delito político, a Pio La Torre se le aplicó el régimen de aislamiento y durante varios meses no tuvo contacto con el exterior. Durante esos diecisiete meses murió su madre, a la que Pio no pudo despedir. Estando detenido también nació su primer hijo, Filippo. Para conocerlo, su esposa Giuseppina debió entregar el niño a un guardiacárcel y esperar en una oficina de la cárcel, mientras se lo presentaba. El juicio llegó en agosto de 1951. Después de diez audiencias sin que la policía aportara pruebas que demostraran la agresión, Pio terminó liberado.


Pio rápidamente se reincorporó a las actividades del partido. Su compromiso y su capacidad de convocatoria lo llevaron a una carrera política más institucional: primero fue elegido como Secretario de la Cámara del Trabajo y poco después, como concejal de Palermo. Los años de Pio en el Concejo Municipal de Palermo (1952-1966) estuvieron marcados por la pelea contra la alianza entre el Estado y la mafia. Desde finales de la década del cincuenta y hasta mediados de los setenta, un grupo de funcionarios públicos de la Democracia Cristiana (DC), empresarios y la mafia demolieron el patrimonio arquitectónico de la ciudad y construyeron edificios de mala calidad. Los funcionarios entregaban permisos de construcción y dinero a empresarios vinculados a la mafia. Quienes recibían el dinero eran testaferros al servicio de la Cosa Nostra, que a cambio brindaba apoyo, especialmente en elecciones. En Palermo, una noche, se entregaron más de tres mil licencias de construcción a solo cinco personas, entre ellas, el encargado de limpieza de un edificio.


El compromiso y las habilidades políticas de Pio La Torre lo llevaron hasta la Secretaría General del PCI de Sicilia y luego a nivel nacional. Ya se había licenciado en Ciencias Políticas en la Universidad de Palermo y su conocimiento sobre los dos grandes problemas en Sicilia además de ser sólido lo expresaba con claridad al tomar la palabra. Fue candidato al Parlamento y resultó electo en 1972.


La ley


Una de sus primeras tareas como diputado fue la Comisión Antimafia.  Creada tras la primera guerra mafiosa, durante años estuvo casi paralizada. Pio La Torre conocía la transformación de la mafia. Nacida de la estrecha relación con el campo y el mercado, con el crecimiento del Estado y la concentración de su poder en la ciudad, la mafia se trasladó a Palermo.


Junto al diputado Cesare Terranova, un magistrado siciliano que, tras una serie de fracasos judiciales en la lucha contra la mafia, había aceptado ser candidato a diputado, intentaron impulsar la Comisión Antimafia. Juntos elaboraron nuevos informes, entrevistaron víctimas e indicaron quiénes eran los funcionarios de Palermo en connivencia con la mafia. En uno de esos informes incorporaron un proyecto para crear herramientas judiciales para investigar a la mafia.


En el anexo “Disposiciones contra la mafia” se propusieron dos innovaciones. La primera fue la figura de asociación de tipo mafioso y la posibilidad de sancionar hasta con diez años de cárcel a las personas que formaran parte de ella. La segunda, la que mayor preocupación generó en el seno de la mafia, fue que los jueces estuvieran obligados a decomisar sus bienes. Pio La Torre y Cesare Terranova sabían que los miembros de la mafia aceptaban la cárcel como parte del riesgo. Perder el dinero, las casas y los campos implicaba el derrumbe del poder económico y simbólico, y fortalecer a su principal enemigo, el Estado.

Cuando terminó su mandato, Cesare Terranova volvió a su cargo como magistrado en Palermo. Tres meses después de regresar a la isla y comenzar a investigar a la Cosa Nostra, el 25 de septiembre de 1979, cuando iba en auto hacia el tribunal, sicarios lo asesinaron a tiros junto al policía Lenin Mancuso, su chofer y custodio. La orden la dio Luciano Leggio, un jefe de la mafia a quien Cesare calificó de bastardo cuando se negó a dar los nombres de sus padres durante un proceso judicial. Leggio recordó ese encuentro durante años y la cúpula de la Cosa Nostra aceptó el asesinato de Cesare Terranova.


La mafia había tomado la decisión de asesinar a funcionarios del Estado que la enfrentaran. Terranova no había sido el primero. Michele Reina, el secretario regional de la DC y Boris Giuliano, el jefe de la Escuadra Móvil de la Policía, fueron asesinados ese mismo año unos meses antes. Piersanti Mattarella, el Presidente de la Región de Sicilia, Emanuele Basile, el capitán de los Carabinieri y Gaetano Costa, magistrado de Palermo un año después. En Sicilia, los cadáveres se acumulaban. Y a la violencia mafiosa se sumaban los peligros de la Guerra Fría.


En 1981, Pio solicitó a las autoridades del PCI volver a Sicilia para coordinar las acciones contra la instalación de una base militar de la OTAN. Una de las primeras actividades fue una recolección masiva de firmas en la que participaron desde el Partido Comunista hasta la Iglesia Católica. En un año reunieron más de un millón de firmas y el 11 de octubre de 1981, acompañados por más de treinta mil personas, las presentaron ante el gobierno nacional. Las manifestaciones contra la instalación de la base se replicaron por todo el continente. En la ciudad de Bonn, Alemania, una manifestación organizada por el Movimiento por la Paz Europeo reunió a trescientas mil personas. Catorce días después de la marcha en Sicilia, otra manifestación de Milán a  Roma reunió otras doscientas mil personas.


Después


La mañana del 30 de abril de 1982, cuando la noticia del asesinato de Pio La Torre y Rosario Di Salvo comenzó a recorrer las calles de Palermo, las sospechas rapidamente se dirigieron hacía la Cosa Nostra. Un día después del Día Internacional del Trabajador se celebró el funeral conjunto de Pio y Rosario en la Piazza Politeama de Palermo. Asistieron más de cien mil personas. Pio sabía que en ese contexto, sus acciones era una forma de autosentenciarse a muerte y le pidió a sus compañeros que su funeral “no solo sea un día de lamentaciones, sino también un día de lucha para todos los trabajadores”.


Como había sucedido con muchos otros cadáveres exquisitos, la mafia intentó cubrir sus huellas del gatillo a través de falsos comunicados que atribuían los asesinatos a grupos políticos de extrema izquierda. A pesar de que los ‘venenos’, como se llamó a las maniobras distractivas de la mafia y los sectores corruptos del Estado, los compañeros y la familia de Pio siempre mantuvieron sus acusaciones hacia la responsabilidad de la mafia. El asesinato de Pio La Torre obligó al Estado Nacional a dar alguna respuesta por lo que aceleraron la llegada a Sicilia del general de Carabinieri Carlo Alberto Dalla Chiesa para controlar a la mafia.


Dalla Chiesa llegó a la isla con una orden, pero tuvo escaso apoyo material y político. Su trabajo en la isla fue muy corto. El 3 de septiembre de 1982, unos pocos meses después fue víctima de una emboscada organizada por la mafia junto a su esposa y un policía que actuaba como custodia. Los tres murieron en el acto. En menos de veinticuatro horas, el gobierno nacional, debió exigir al parlamento que aprobara el proyecto presentado por Pio La Torre y Cesare Terranova cuando todavía eran diputados. El 24 de septiembre de 1982, como ley 646 se incorporó al Código Penal la figura de asociación mafiosa y la obligatoriedad de decomisar los bienes a la mafia.


Esclarecer los asesinatos de Pio y Rosario necesitó de la colaboración de mafiosos que se transformaron en colaboradores de justicia y señalaron a Pino Greco, Giuseppe Lucchese, Nino Madonia, Mario Prestifilippo y Salvatore Cucuzza como los miembros del equipo de sicarios. A pesar de las confesiones, durante mucho tiempo se sospechó que servicios de inteligencia nacionales e internacionales participaron del asesinato. Finalmente, cuando Salvatore Cucuzza fue detenido en 1996, reconoció formar parte del equipo de sicarios, confirmó la identidad de sus cómplices y que Salvatore Toto Riina -jefe de la Cosa Nostra- había ordenado el asesinato.


La ley que promovió Pio La Torre es un punto de inflexión en la lucha moderna contra la mafia. El decomiso de bienes abrió una nueva forma de enfrentar al crimen organizado. Esos bienes comenzaron a reutilizarse socialmente. La ley lleva su nombre.

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