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Pistolas de utilería

  • Foto del escritor: Lucas Manjon
    Lucas Manjon
  • hace 1 día
  • 7 Min. de lectura
El peligro de reírse de hombres que necesitan ser temidos: la historia de una rebelión basada en el ridículo.
Giuseppe "Peppino" Impastato.
Giuseppe "Peppino" Impastato.

A las 03:45 de la madrugada, el maquinista Gaetano Sdegno detuvo el tren al sentir una vibración anormal en la locomotora. Al bajar, encontró los hierros retorcidos de las vías y los durmientes carbonizados. Media hora más tarde, policías y curiosos nocturnos llegaron hasta las afueras de Cinisi. Con las primeras luces del amanecer, lo que parecía un acto de vandalismo se transformó en una investigación por homicidio, o por lo menos, suicidio. Restos humanos aparecieron esparcidos a varios metros de las vías. El cadáver fue identificado al instante. 


El empleado de la morgue también estaba allí. Había llegado casi al mismo tiempo que la policía. Su trabajo no consistía solamente en recoger restos humanos. Mientras rastrillaba la zona encontró tres juegos de llaves -un cuarto aparecería después en manos de un oficial de policía- junto a una piedra manchada con sangre en un pequeño rancho a varios metros de las vías.


Según los investigadores, la víctima había muerto manipulando explosivos mientras intentaba colocar una bomba sobre las vías. Hacia el mediodía, la prensa local filtraba el resto del informe: "Hacia las 0.30 - 1 de la madrugada del día 9.05.1978, una persona actualmente desconocida, pero presuntamente identificada como Impastato Giuseppe (...), que se encontraba a bordo de su auto FIAT 850 en el km. 30+180 de la vía ferroviaria Trapani - Palermo para colocar allí una bomba, que, al explotar, destrozó al propio atacante".


La pedagogía del terror


En los territorios controlados por la mafia, el terror adopta diferentes formas. En Cinisi y en casi toda Sicilia, la Cosa Nostra utiliza cada una de ellas en el momento preciso. La violencia física es la más visible y está al alcance de cualquier sicario al servicio de la mafia. Pero utilizada en exceso pierde eficacia, se transforma en algo vulgar. La mafia deja de ser lo que es y se convierte en una banda de salvajes obsesionados con mantener ejercitado el dedo índice.


Otra de las herramientas es la corrupción. El dinero que obtiene la mafia, por lo general, se gasta en bienes de lujo —desaprovechados por el estado de fuga permanente—, se reinvierte en el negocio y se utiliza para comprar voluntades. Un método mucho más sutil que la violencia física pero que genera muchísima menos conmoción que los cadáveres en la calle.


La tercera herramienta es el miedo. La sensación de vivir dentro de un panóptico mafioso —una estructura que parece verlo y escucharlo todo— produce una forma de autocontrol y por lo general, ese autocontrol es rentable. Además de facilitar negocios y dinero, el miedo genera una imagen intimidante, que propios y ajenos confunden con respeto. 


Contra la violencia mafiosa solo puede oponerse la fuerza del Estado. Frente al dinero, la ética en la función pública. Pero ante el miedo, en la Cinisi de los años setenta apareció algo inesperado: la burla. 


Sobre todo si proviene de un heredero de la mafia.


Un príncipe que abdicó


Peppino se negó a ser un príncipe de la mafia. Su apellido se lo permitía. Como en la Edad Media, cuando dos familias se unen por el matrimonio entre sus miembros, el poder, los recursos y el prestigio crecen. La tía de Peppino se había casado con Cesare Manzella, una figura importante de la Cosa Nostra y de los primeros en establecer un puente de heroína entre Sicilia y Estados Unidos.


En Cinisi, la distancia entre la vida cotidiana y la mafia era insignificante. De niño, Peppino compartía mucho de su tiempo con los mafiosos. Para él, su tío no era el promotor de la primera Comisión Interprovincial de la Cosa Nostra, era una persona respetada que junto a otros hombres organizaba la vida de la ciudad. Cuando la infancia convive demasiado cerca de la violencia, el horror deja de parecer extraordinario.


La muerte siempre estuvo alrededor de Peppino, pero la bomba que mató a su tío en medio de la primera guerra mafiosa marcó gran parte de su camino. Giovanni, el hermano menor de Peppino, fue quien recogió los sentimientos y las primeras impresiones de un adolescente que en carne viva experimentaba a la mafia: “¿Esto es la mafia? Si esto es la mafia, entonces lucharé contra ella por el resto de mi vida".


Pero la lucha ya había comenzado. Como muchos adolescentes de su generación, la política era un acelerador para los sentimientos. Peppino militó en distintas expresiones del socialismo italiano, atravesadas entonces por discusiones permanentes sobre la relación con el stalinismo soviético.


La mafia es una montaña de mierda


La idea socialista fue el diario que Peppino fundó en 1965 y donde comenzó a hacer pública su condena y rechazo a la mafia, a la que identificaba como el elemento más descompuesto del sistema capitalista. En el diario denunciaba el desplazamiento de campesinos y la destrucción del patrimonio cultural para que las empresas de la mafia —a través de permisos otorgados por el municipio— construyeran edificios de mala calidad y de dudosa dignidad estética. 


El diario fue clausurado durante más de un año por orden de un juez vinculado a la mafia, pero cuando los rodillos del mimeógrafo volvieron a girar, Peppino y sus compañeros se lanzaron de lleno contra la mafia. En esa nueva edición, un artículo de Peppino en la tapa se titulaba “La mafia es una montaña de mierda”. En Cinisi, nadie hablaba así de la mafia. En una ciudad gobernada por la mafia, la frase fue un insulto público. Con el tiempo, se convirtió en una de las consignas más importantes de la cultura antimafia y dejó de pertenecer a Peppino.


La grieta con su padre se volvió inmensa y Peppino debió abandonar el hogar, aunque su exilio doméstico no impidió que continuara la actividad política, sobre todo en oposición a la mafia. Participó de los movimientos que se oponían a la construcción de una tercera pista en el aeropuerto de Palermo-Punta Raisi, controlado por la Cosa Nostra, convertido en un centro neurálgico para el tráfico de heroína hacia los Estados Unidos. Fundó espacios culturales para jóvenes influenciados por las transformaciones culturales de la época, cada vez más distantes de las tradiciones sicilianas y, sobre todo, de las de la mafia.


En 1977, Peppino sufrió uno de los hechos más dolorosos de su vida. Su padre falleció en un accidente automovilístico. Nunca se determinó si fue un accidente o el asesinato de un mafioso incapaz de controlar a su propio hijo. A pesar de que se había alejado de Peppino, su padre intentaba protegerlo de la organización a la que él pertenecía. En el funeral, nuevamente Peppino desafió a la mafia: delante de todos les negó el saludo, incluso a Gaetano Badalamenti, el nuevo jefe de la Cosa Nostra en Cinisi.


El peligro de hacer reír 


Aquel fue uno de los primeros desafíos directos a Badalamenti. Entonces llegó la radio. Junto a sus compañeros de militancia instaló una radio que lograba escucharse en varios pueblos. Allí comenzó un programa dedicado a ridiculizar a los mafiosos, a los políticos y especialmente a Badalamenti. En uno de los programas más recordados, “Western a Mafiopoli”, Peppino y sus compañeros parodiaron una conversación entre el alcalde de un pueblo mafioso y el mafioso Tano Seduto, el nombre con el que convertían a Badalamenti en una caricatura pública.


Las burlas a Badalamenti coincidieron con una época de extrema fragilidad para el jefe mafioso. La capacidad de Badalamenti de imponer miedo comenzaba a escurrírsele de las manos. Y en la mafia, perder el monopolio del miedo suele ser una sentencia de muerte.


Matar y mentir


El 14 de mayo de 1978 había elecciones municipales en Cinisi y Peppino era candidato por el partido Democracia Proletaria. Eran tiempos agitados por la campaña pero sobre todo por lo que pasaba en Roma: las Brigadas Rojas —un grupo de extrema izquierda— mantenía secuestrado al ex primer ministro Aldo Moro desde hacía varias semanas. La campaña electoral lo mantenía todo el día en la calle, entre reuniones y actividades políticas, pero no era lógico que desapareciera. La madrugada del 9 de mayo, después de presentar la denuncia ante la policía, sus compañeros recorrieron Cinisi y los pueblos cercanos en busca de información. Las malas noticias llegan pronto. 


Poco antes del amanecer recibieron la noticia de que un cadáver había sido encontrado y todas sus pesadillas se transformaron en realidad. Cuando llegaron a las vías del tren, las autoridades les confirmaron que el cuerpo era el de Peppino e intentaron convencerlos de que murió mientras intentaba colocar una bomba. La indignación y el dolor se volvieron imposibles de contener. Pero ese mismo día, otro asesinato absorbió la atención de toda Italia. El cuerpo de Aldo Moro apareció en el baúl de un auto, atravesado por varios disparos. El asesinato de Moro a varios kilómetros de Cinisi terminó siendo utilizado por la policía para señalar a Peppino como un terrorista y desviar la investigación.


Un día después de la muerte se celebró su funeral. Casi mil quinientas personas marcharon hasta la casa de Peppino. Terminada la ceremonia, compañeros y vecinos regresaron a las vías y encontraron nuevas piedras manchadas con sangre y restos del cuerpo de Peppino. En el centro de la ciudad colgaron una pancarta que decía: “Peppino Impastato ha sido asesinado. Su largo pasado como militante revolucionario fue aprovechado por asesinos y "policías" para dar lugar a la absurda hipótesis de un atentado terrorista. El asesinato tiene un nombre claro: MAFIA".


El día de las elecciones, muchos vecinos de Cinisi votaron a Peppino después de muerto. El voto se convirtió en una forma tardía de reparación.


La risa sobrevivió


Poco tiempo después de la muerte de Peppino, los nuevos jefes de la Cosa Nostra expulsaron a Badalamenti, que debió abandonar Sicilia. Huyó a Brasil. Desde allí, el viejo jefe mafioso sin poder se dedicó junto a otros mafiosos huidos a traficar cocaína y heroína hacia los Estados Unidos. Finalmente, cinco años después lo detuvieron en España. 


Ese mismo año, una investigación iniciada por el jefe de policía Rocco Chinnici —asesinado poco después por la mafia— y una sentencia impulsada por el juez antimafia Antonino Caponnetto reconocieron oficialmente que la muerte de Peppino había sido un asesinato mafioso, aunque sin identificar todavía a los responsables directos. Recién casi quince años después del asesinato, un mafioso detenido decidió colaborar con la justicia y acusó a Badalamenti y a otro mafioso de haber ordenado el asesinato de Peppino. Ambos terminaron condenados por el asesinato de Peppino.


La persistencia de la familia, de las organizaciones sociales y de algunos sectores de la justicia desarmó la mentira alrededor de la muerte de Peppino. La madre y el hermano de Peppino se convirtieron en referentes de la lucha antimafia. Lograron que la Comisión Antimafia Parlamentaria reconociera la obstrucción de las autoridades policiales y judiciales al inicio de la causa. Cuando la madre de Peppino falleció a los ochenta y cuatro años de edad, la casa de la familia Impastato que se había transformado en un centro de memoria, adoptó el nombre de “Casa Memoria Felicia y Peppino Impastato”.


Décadas después de su asesinato, Peppino sigue presente en canciones, películas, libros y homenajes populares. Después de muerto, Peppino siguió haciendo lo que la mafia nunca toleró: ridiculizarla.

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