La Uberización del narcotráfico
- Lucas Manjon

- hace 23 horas
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El narcotráfico ya no depende exclusivamente de las grandes organizaciones: la tecnología da paso a un modelo descentralizado donde pequeños actores pueden fabricar, estirar y vender drogas con la lógica de las plataformas.

Una licuadora barata, dos o tres celulares, un poco de bicarbonato de sodio, algún que otro analgésico molido y unos cuantos gramos de cocaína en alguna casa en los suburbios de San Martín, Bristol o Ponticelli dicen más sobre las nuevas tendencias del narco que la selva, las mansiones o los autos de lujo. La imagen que mejor representa al narcotráfico se encuentra a cientos de kilómetros de Colombia, México, Afganistán o Myanmar, señalados como países productores.
El narcotráfico en la actualidad tiene más que ver con los Noah, los Martin o los Pieter que con los Pablo, los Joaquín o los Mencho. En los ochenta, quienes querían dirigir el mercado de las drogas debían controlar cientos de hectáreas sembradas con marihuana, coca o amapola e instalar enormes laboratorios con la capacidad para producir toneladas de cocaína o heroína. A mediados de los años noventa los requisitos cambiaron y quienes quisieran conducir el negocio debían flexibilizar y adaptar sus esquemas para dar respuesta a las nuevas demandas del mercado.
Las drogas sintéticas como las anfetaminas, metanfetaminas y el éxtasis promovieron esa transformación y se pasó de un sistema de producción rígido y centralizado como el fordismo, a uno dinámico y descentralizado como el toyotismo. Esos cambios en los métodos de producción, con el paso del tiempo y el avance de la tecnología se implementaron en drogas características del sistema fordista como la cocaína, los opiáceos y la marihuana.
A comienzos del siglo XXI, en las mismas zonas urbanas y suburbanas donde se producen las drogas sintéticas como las metanfetaminas, los narcos comenzaron a instalar laboratorios para reducir aún más los costos e incrementar el valor agregado de otras drogas. En el caso de la marihuana, cualquier inmueble del mundo puede ser adaptado para instalar cultivos de marihuana en proporciones industriales. A través de la selección genética de semillas, los sistemas de iluminación, calefacción y riego, los narcos pueden generar la cantidad de marihuana que el mercado local les demanda, sin la necesidad de importarla desde otras latitudes.
En relación con la cocaína y los opiáceos, las investigaciones judiciales demuestran que son cada vez más los laboratorios instalados en diferentes partes del planeta y que son utilizados para terminar de fabricar la cocaína y los opiáceos. En ambos casos, los narcos importan la materia prima medianamente procesada -pasta base de cocaína o fentanilo- y terminan la producción cerca de los grandes mercados, reduciendo los gastos e incrementando las ganancias.
Los desarrollos tecnológicos y los conocimientos científicos que circulan por los diferentes niveles de internet permiten que al sistema flexible y deslocalizado de fabricación y distribución de drogas se acoplen mecanismos y comportamientos propios de la economía de plataformas.
Emprendedores o descartables
En niveles minoristas, la tecnología permitió la capilarización social y geográfica de las organizaciones narco en todos los territorios pudiendo convertir a cualquier persona en un aspirante vulgar a narco o en un vendedor avergonzado con miedo a terminar preso.
El acceso a internet, los avances de la tecnología celular, las aplicaciones de mensajería encriptada y los medios de pago virtuales alternativos ampliaron los mecanismos mediante los cuales el narco capta a personas ajenas al mundo del narco. Estos desarrollos permiten, sobre todo, a los distribuidores de rango medio reducir la plantilla de empleados -vendedores al menudeo o cara a cara- y darle “oportunidades” a quienes tengan aspiraciones a narco o a quienes intenten sobrevivir.
En Inglaterra este sistema se conoce como County Lines -líneas de condado- y ya se ha detectado en varias regiones del planeta, incluso en Argentina. Incluye telefonía celular, inmuebles, personas vulnerables, incluso explotadas sexualmente, y por supuesto drogas. El sistema es tan simple como sofisticado. Los distribuidores de rango medio reciben los pedidos por celular, luego se comunican con los vendedores al menudeo para que recojan la mercancía en un lugar específico y por último, la lleven hasta las bocas o las narices de los compradores en otras ciudades.
Las drogas se almacenan en casas abandonadas u ocupadas por personas de muy bajos recursos que son obligadas o convencidas con argumentos tan sólidos como la violencia física o la supervivencia económica. Los inmuebles por donde los vendedores al menudeo -una especie de rider del narco- retiran la mercancía varían frecuentemente. Incluso de barrio o de ciudad, lo que dificulta aún más las investigaciones.
En Argentina, el sistema no alcanza la complejidad que presenta en Inglaterra, pero muestra rasgos de similitud desde hace varios años. Las organizaciones narco en los barrios populares de las grandes ciudades como Rosario, San Martín o Guaymallén, expulsan de sus casas a los propietarios y las utilizan como depósitos más o menos permanentes. Desde los cientos de casas que quedan bajo su control, la droga se distribuye hacia construcciones precarias -aunque sumamente fortificadas- en toda la zona donde menores de edad o personas sumamente pobres son captados u obligados a venderla al menudeo.
La masificación en el uso de billeteras virtuales como Mercado Pago y Ualá, junto a las de delivery o mensajería como Pedidos Ya y Rappi les permite a las organizaciones narco descongestionar sus estructuras. El narco abandona el espacio físico y se lanza a la conquista del mundo digital.
Trabajo sin contrato, delito sin patrón
Las llamadas plataformas de economía colaborativa -Uber, Cabify, Rappi, Glovo, etc.- además de transformar gran parte de la economía mundial abrieron debates filosóficos no tan modernos. Sus creadores y ciertos sectores políticos plantean que estas aplicaciones solo vinculan a personas que demandan con quienes por dinero quieran satisfacerla y que la plataforma no tiene ningún tipo de relación tanto con uno como con otros.
Este grupo defiende la posición de que la empresa dueña de la plataforma no tiene ningún tipo de vínculo contractual, de responsabilidad solidaria con las personas que la utilizan, salvo por la generación del vínculo y el cobro de una importante comisión por eso. Un oxímoron, ya que cobran una importante comisión aunque según sus propias palabras casi no hacen nada.
Otro sector plantea que la plataforma es quien dirige el trabajo a través del algoritmo. Que si bien hay personas que demandan y otras que ofertan, la vinculación entre uno y otros la realiza un código informático. Uno que premia y castiga, que anima y desanima según el comportamiento de todos sus miembros dentro de la aplicación. Quien lo construye vive a miles de kilómetros de esas personas. Un patrón de carne y hueso que se asimila más a un fantasma. Por un lado, algunos consideran que se trata de entusiastas emprendedores o pequeños empresarios. Otros evalúan que son trabajadores intentando sobrevivir de manera más o menos precaria.
Esta transformación de las relaciones laborales también impactó en el mundo narco. Las organizaciones adoptaron la filosofía de las plataformas, desconcentraron sus estructuras y comenzaron a captar personas con pretensiones de ser emprendedores narco o aquellas que intentan sobrevivir de manera precaria a un riesgo muy alto. Ya no necesitan de un gran número de miembros para demostrar su poderío, por eso intentan reclutar a personas sin antecedentes penales, menores de edad que trabajen para la organización sin significar un riesgo o compromiso.
La tecnología aplicada a la producción en el negocio del narco provocó dos grandes cambios en los ochenta y a comienzos del siglo XXI. El narco se apropió de las técnicas organizativas y productivas del fordismo primero y del toyotismo después. Ahora en medio de la Cuarta Revolución Industrial, las técnicas y la filosofía, el narco las aplica al comercio, la distribución y la gestión de los recursos humanos.
La capilaridad de este nuevo sistema y la posibilidad de que existan empleados sin patrones a la vista son un desafío más para los Estados que siguen buscando el punto de inflexión en las personas y no en el propio sistema. Con una licuadora barata, dos o tres celulares, un poco de bicarbonato de sodio, algún que otro analgésico molido y unos cuantos gramos de cocaína es con lo que la policía se encuentra cuando allana alguna casa en los suburbios de San Martín, Bristol o Ponticelli. La licuadora se rompe. El sistema no.
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