La arquitectura y el urbanismo pueden enfrentar la violencia territorial desde el cuidado, la regulación del suelo y la vida comunitaria. El urbanismo feminista propone ciudades más seguras, equitativas y habitables.
Vender un bien confiscado permite recuperar dinero. Devolverlo a la sociedad puede significar mucho más: recuperar territorio, reconstruir comunidades y transformar aquello que fue fuente de poder criminal en valor público.